JÓVENES EN LA DIÁSPORA.

El hecho de que hoy continúen residiendo fuera de nuestra región más de 600.000 extremeños parece haber reavivado el interés por la emigración, un proceso que en muchas ocasiones se considera exangüe aunque, en realidad, mantenga una considerable energía y siga condicionando la evolución poblacional y demográfica de Extremadura. A mi juicio, los extremeños que tenemos la fortuna de permanecer en nuestra tierra debemos tener muy presente que, según datos oficiales referidos a 1 de enero de 1998, hay 670.695 paisanos que se encuentran repartidos por la práctica totalidad de las provincias españolas y más de 15.000 que residen en el extranjero. Si a estas cifras le agregáramos la de los descendientes que hayan podido tener en sus actuales lugares de residencia, obtendríamos un contingente poblacional de dimensiones similares al censo actual de residentes en Extremadura.

Pese a la significación del dato, suelo constatar con frecuencia que, tal vez por lógicas razones de edad, nuestros universitarios desconocen la virulencia con que el proceso emigratorio azotó a una región como la nuestra y, por ende, el drama que vivieron muchos de los que se vieron obligados a abandonar su pueblo y su gente de la misma manera y por los mismos motivos que hoy lo hacen los inmigrantes que llegan a nuestro país. En idéntico sentido, es fácil comprobar la escasez de referencias a la emigración en los libros de texto. No es de extrañar, por ello, que en más de una ocasión, el Consejo de Comunidades Extremeñas haya manifestado la conveniencia de que la Semana de Extremadura en la Escuela dedique parte de sus actividades a contar a los más jóvenes las razones que provocaron la emigración extremeña. Desde luego, sería una labor gratificante tanto para los protagonistas del éxodo como, sin duda, para los destinatarios de estas enseñanzas. Ni que decir tiene, que quienes nos dedicamos al apasionante mundo de la docencia de las ciencias sociales tenemos la obligación moral de dar a conocer a nuestros alumnos las causas, la evolución, el alcance y las consecuencias del proceso emigratorio. No se trata de hacer una concesión a la nostalgia o un callado homenaje a los extremeños de la diáspora. Se trata de dar a conocer uno de los acontecimientos más trascendentes de la Historia de Extremadura y, al tiempo, uno de los factores decisivos en la actual configuración socioeconómica de la región. Tampoco carece de importancia la posibilidad de fijar un referente para que los más jóvenes encuentren justificación a las corrientes inmigratorias que tienen a España como destino y para que, con ello, rechacen cualquier proclividad hacia el racismo y la xenofobia. 

Pero aún podríamos aducir otras razones que probablemente tengan más que ver con el futuro que con el pasado y que suelen pasar inadvertidas. Bien haríamos todos en considerar que esos extremeños en la diáspora conforman un mercado de dimensiones superiores al intrarregional, con capacidad para absorber una proporción representativa de las producciones extremeñas y con enormes posibilidades para facilitar un efecto multiplicador en la comercialización de dichos productos en las zonas en que residen. Por otra parte, hemos de reconocer que este colectivo ejerce una labor publicitaria barata y eficaz de nuestros recursos gastronómicos, culturales, artísticos y medioambientales que, sin duda, constituye un factor enormemente positivo para fomentar la afluencia de turistas a nuestra región. Además, se trata de una población que visita periódicamente Extremadura y que produce una demanda de productos y servicios que genera ingresos de difícil valoración pero de indudable interés económico. 

Finalmente, hay que considerar que una parte de este colectivo integrará en el futuro el flujo de retornados, un hecho que hemos de considerar relevante no sólo desde una perspectiva poblacional, por la incidencia que puede tener en el censo y las estructuras demográficas, sino también en los planos sociológico, económico y cultural. 

En conclusión, los movimientos migratorios deben ocupar la posición que merecen en los programas docentes de colegios, institutos y facultades, y han de valorarse como un factor fundamental en la planificación regional y comarcal, tanto desde una perspectiva demográfica como territorial y socioeconómica. De forma paralela, ya va siendo hora de que aprendamos a encontrar en la diáspora las potencialidades económicas que durante décadas nos ha venido sustrayendo la emigración.

Fuente: el Periódico, 13/06/2001. Antonio PEREZ DIAZ - Profesor de Geografía. Universidad de Extremadura.