"botellón": Son necesarias políticas coordinadas de prevención, disuasión y alternativas

La Real Academia no se explaya. Botellón: «aumentativo de botella».Tan escueta definición no abarca la magnitud del fenómeno que desde hace unos años define el ocio juvenil en España. Las penúltimas protestas vecinales en Madrid, Málaga y tantas otras ciudades por las molestias que causan jóvenes bebiendo en plazas y calles han puesto al 'botellón' en el punto más caliente de un debate poliédrico y complejo.

Madrid. Unos 500.000 jóvenes, según cálculos de la delegación del Gobierno, se citan en distintos puntos de la ciudad, concentrados en los barrios de Malasaña, Lavapiés, Maravillas y Chueca, entre otros, para beber. El problema no es sólo ése. Por lo menos no para Manuel, un vecino de la Plaza del Dos de Mayo, epicentro del 'botellón' madrileño, al que, con sinceridad, le importa poco «que beban y revienten, pero que nos dejen vivir en paz».

La 'capitalidad' de Madrid ofrece una buena caja de resonancia para difundir los efectos del botellón, pero el fenómeno no es nuevo ni privativo de la villa y corte. En Granada, ciudad de raigambre universitaria, los 'akelarres' adolescentes en pleno centro histórico se reproducen desde hace lustros. La Plaza Mayor de Cáceres presenta doble faz los fines de semana: aparcamiento de día y el 'mayor pub al aire libre del mundo' al anochecer, cuando miles de jóvenes se apiñan para su particular 'fiebre del sábado noche'. En Segovia, los pies del acueducto acogen a adolescentes que mezclan alcohol y refresco con la maestría de un 'barman', y en Toledo el consistorio va camino de prohibir el botellón en el casco antiguo.

En todas ellas y tantas otras el amanecer del día después ofrece la misma estampa desoladora, idéntica mugre después de cada batalla nocturna. Aparte de la cogorza que se llevan puesta y del ruido con que atormentan al vecindario, los hijos del botellón dejan su firma allá donde se congregan. Mean, defecan, las botellas se hacen añicos contra el suelo o se estrellan contra las fachadas de las casas, las bolsas de aperitivos y chucherías ruedan por los suelos si no acaban como combustible junto a otros desperdicios en las hogueras que prenden para calentarse en las frías noches. Tampoco es raro un punto de violencia si se les recrimina su actitud.

La rebeldía del abandono

«La adolescencia, la juventud, siempre se ha caracterizado por la rebeldía, que no tiene por qué ser negativa, necesariamente; puede haber una posición rebelde, de autoafirmación que lleve a revisar el mundo de los adultos y favorece la independencia e incluso el crecimiento personal, y esa rebeldía debería incluso ser estimulada. Luego hay otra rebeldía, del abandono, del consumo inadecuado, en este caso alcohol, de una ocupación insana del tiempo libre que es claramente negativa y hay que evitar». Valentín Martínez-Otero, psicólogo, pedagogo y autor del libro 'Formación Integral de Adolescentes', se detiene sobre lo que más desconcertados tiene a los estudiosos, educadores, autoridades y padres. El cambio del patrón de conducta de estos jóvenes bebedores, la opción de ocio que escogen y que ni siquiera ellos mismos saben explicar.

Sus razones materiales están claras: beber en bares y locales de copas es prohibitivo para sus bolsillos y las alternativas a esta diversión etílica son pocas, digan las administraciones lo que digan. Lo que inquieta es cómo y porqué beben. Antes -dicen los expertos- los jóvenes bebían como modo de relacionarse, de pasárselo bien en un entorno festivo de amigos. Ahora el objeto de la reunión es beber de un modo casi compulsivo, con el propósito deliberado de intoxicarse.

Droga pura

«Se usa el alcohol como una droga pura y dura, más fácil de conseguir, generalizada y más barata» que los estupefacientes. El holandés Cees Goos, responsable del área de alcohol y drogas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Europa resumía en su última visita a España el principal motivo de preocupación de los poderes públicos. Pedro Núñez Morgades, Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, insiste sobre lo mismo con otras palabras. «Hoy el alcohol se ha convertido en el ocio, cuando antes acompañaba nuestro ocio», sentencia.

Hay otro punto de coincidencia entre unos y otros. El problema es el 'botellón' en sí mismo, esa forma miope y peligrosa de aprovechar la holganza semanal de tantos chavales. Pero se inflama cuando, además, su derecho a la diversión choca contra el de otros ciudadanos a dormir y a la limpieza de su entorno.

«Cuando hay movilizaciones porque hay molestias es cuando los políticos tienden a reaccionar; cuando quieren evitar no tanto el problema en sí como el conflicto que plantean los vecinos. En ese momento es cuando hay que ponerse a buscar soluciones mágicas en 24 horas a un problema que viene de lejos, que es largo, complejo, que se ha ido creando durante años». Javier Martín, portavoz de Unad (Unión de Asociaciones y Entidades de Atención al Drogodependiente) recuerda que este fenómeno es fruto de una suma factores socioculturales, el cambio de patrones generacionales y las agresivas estrategias publicitarias de la industria del alcohol, interesada en mantener sus beneficios millonarios y garantizarse la parroquia del futuro tentando a un público cada vez más joven.

«La publicidad, los medios, Internet, asocian alcohol y éxito, la posibilidad de entablar relaciones con el otro género. Contribuyen a una cierta confusión de valores. Se les 'vende' a los jóvenes un éxito fácil por vías extrañas y no como fruto del esfuerzo», apunta Martínez-Otero.

Antonio Moreno Olmedo discute las quejas juveniles sobre la falta de alternativas. Alcalde de San Fernando (Cádiz) y presidente de la Comisión de Juventud de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), afirma que «los ayuntamientos han hecho en los últimos tiempos un gran esfuerzo en programas de ocio alternativo y han gastado muchos millones en todo el territorio español para ofrecer a la juventud otro ocio que no sea el de la botellona, pero al final seguimos encontrándonos en todas las ciudades con jóvenes que van a la bebida», argumenta. «Aquí hemos tenido piscinas abiertas de noche, centros de ocio, la casa de la juventud abierta, con Internet... y al final -apostilla- van los que van siempre y los que quieren la litrona y la botellona van a su sitio».

Se necesitan políticas coordinadas

La FEMP lleva varias reuniones monográficas con expertos en distintos campos en busca de la fórmula mágica. En la teoría casi todos concuerdan. Es necesario un cóctel de políticas coordinadas de prevención temprana desde la escuela; endurecer el marco legal de venta; incrementar los precios del alcohol como factor disuasorio; acotar los espacios publicitarios y de patrocinio de bebidas alcohólicas y, fundamental, contar con los propios jóvenes en el diseño de 'su' espacio recreativo. E implicar a la familia, cuya despreocupación también es parte del problema.

En un estudio de la Unad sobre el consumo de sustancias peligrosas en los jóvenes «los profesores ponían en primer lugar el alcohol, pero los padres estaban más preocupados por otras drogas, que no consumiera heroína, cocaína, éxtasis, pero el alcohol no. El Defensor del Menor de Madrid apuntala la afirmación con cifras. «En el 88% de los casos, los padres previenen a sus hijos contra el consumo de drogas y sólo en un 16'3% les advierten contra el alcohol».

Como sea, las soluciones vendrán a largo plazo y no será sólo de la mano de medidas legales coercitivas ni policiales.

Fuente: El Pais 03/02/02 -  ARANTZA PRÁDANOS - MADRID