la fractura de occidente. antonio papell.

Poco antes de la caída del muro de Berlín, el Centro Olin para el Estudio de la Teoría y la Práctica de la Democracia de la Universidad de Chicago, uno de los think tanks norteamericanos más influyentes, invitó a un funcionario desconocido del Departamento de Estado a dar una conferencia: se llamaba Francis Fukuyama. Éste, en una intervención original, proclamó por vez primera la victoria de Occidente y de los valores neoliberales en la guerra fría.

Inmediatamente, su conferencia se reprodujo en la revista The National Interest cuyo director, Irving Kristol, invitó a varios intelectuales (entre ellos a Samuel Huntington, director del Instituto Olin de Estudios Estatégicos de Harvard, y a Allan Bloom, director del Centro Olin de Chicago), a comentar el texto de Fukuyama.

El debate, que se produjo primero en circuitos minoritarios, llegó a las páginas de The New York Times, The Washington Post, Time y a la prensa internacional. Fukuyama, lector de Hegel y Kojeve, alcanzó así la fama, a juicio de muchos inmerecida, y El fin de la historia, en forma de libro, se convirtió en un éxito de ventas en varios idiomas.

El pasado 8 de agosto, Fukuyama, ahora profesor de economía política internacional en la universidad Johns-Hopkinks de Maryland, que tuvo en su momento el mérito de ser el primero en describir la primacía universal de los grandes valores occidentales (como por otra parte ha detectado la recién divulgada Encuesta Mundial de Valores, World Values Survey, confeccionada en 65 países), dio una conferencia en Melbourne, en la que realizó un análisis de situación del pretendido y anunciado 'fin de la historia'. En esta revisión, publicada al día siguiente por el International Herald Tribune y resumida luego en numerosos periódicos de todo el mundo, Fukuyama ha puesto de manifiesto que la verdadera rivalidad ideológica mundial en nuestros días no es tanto entre Occidente y el Islam (los valores islámicos no tienen prestigio, ni su expansión parece probable), sino entre Europa y Estados Unidos: “una inmensa fosa se ha abierto entre las percepciones americana y europea del mundo, y el sentimiento de valores compartidos se deshilacha progresivamente”.

Los diferendos son diversos y conocidos, y van desde las discrepancias acerca del TPI o el protocolo de Kioto a la conveniencia o no de atacar Irak, de tal modo que Norteamérica se ha recluido en su proverbial unilateralismo.

En el fondo de tales discrepancias, Fukuyama detecta que “el desacuerdo no versa sobre los fundamentos de la democracia liberal, sino sobre los límites de la legitimidad democrática. Los americanos están inclinados a pensar que no hay legitimidad democrática por encima del Estado-nación”. Los europeos, en cambio, “tienen tendencia a creer que la legitimidad democrática proviene más bien de la voluntad de una comunidad internacional mucho más amplia que el Estado-nación”.

La visión del conflicto es poco objetable, y se presta a dramatizaciones pesimistas. Pero probablemente la fractura, que no alcanza a los principios, no sea tan profunda, ni resulte a la postre decisiva a la hora de diseñar en el largo plazo un nuevo y más moderno orden político para toda la humanidad. Después de todo, tras el 11 de septiembre, la convergencia de todos los países occidentales en defensa de un determinado modelo de civilización fue unánime y cerrada, aunque pronto se advirtieran diferencias estratégicas en el modo de enfocar la respuesta que había de darse a la terrible provocación. Y a fin de cuentas, la propia de idea moderna de 'civilización occidental' proviene de un gran y admirable compromiso entre Europa y Estados Unidos: el que dio al traste con los fascismos en la Segunda Guerra Mundial.

Ralf Dahrendorf, todavía clarividente, acaba de publicar en La Vanguardia un magnífico trabajo, 'Redescubrir Occidente', en el que constata la misma fractura que describe Fukuyama pero se muestra más escéptico sobre su verdadero alcance. “Por fortuna -escribe-, tales riñas no son toda la verdad. El unilateralismo estadounidense es de hecho una forma de multilateralismo à la carte. Cuando es adecuado a los intereses estadounidenses, las instituciones internacionales son felizmente usadas, y generalmente satisfacen los intereses europeos...”. Al fin, Dahrendorf describe con una expresiva pincelada el problema y su solución: “Los europeos no quieren pelear, ni siquiera por sus valores básicos, y los estadounidenses piensa que pelean sólo como patriotas de su gran nación.

Ninguno de estos puntos de vista es suficientemente bueno. Redescubrir Occidente y las instituciones que lo acompañan, y defenderlos a toda costa, es el tema principal de la agenda de la libertad de hoy día”. Existe, efectivamente, en las denuncias de 'unilateralismo', una contradicción de fondo: Europa es muy reacia a implicarse activamente, militarmente, en la defensa de los valores que proclama, y ni siquiera se dota del poderío militar acorde con su desarrollo y su posición. Norteamérica responde, por su parte, con cierto desdén a las apelaciones europeas a la legitimidad. ¿No estaremos en presencia de un gran malentendido, que enciende la polémica y oculta una real coincidencia de principios, que se haría patente en el momento en que hubiera verdadero necesidad de ello para garantizar la supervivencia de las libertades?.

Fuente: Hoy, 18/08/02. Editorial.