CON la entrada en vigor de la LOU se está hablando mucho de novedades en la universidad española y hasta de su completa renovación. Desde luego, la vinculación de la Universidad con lo nuevo no es un lugar común de la retórica de la innovación, sino una característica fundamental de su tarea. La historia intelectual de Occidente nos enseña que, cuando las universidades se han olvidado de que la innovación es su más distintiva seña de identidad, han caído en un academicismo rancio, en una prepotencia orgullosa y hueca que las ha vaciado de contenido y ha oscurecido su misión, hasta el punto de que han llegado a ser socialmente irrelevantes. En cambio, cuando han sabido estar en la rompiente del conocimiento, se han situado en la vanguardia de la historia y se han ganado el reconocimiento del liderazgo que les corresponde en el terreno del saber.
Una muestra de hasta qué punto la Universidad ha perdido ese liderazgo es que aspire a renovarse sólo con una serie de medidas de supuesta racionalización administrativa. En el debate todavía vivo sobre la LOU han pesado los argumentos políticos, económicos y organizativos, pero a casi nadie se le ha ocurrido hablar del saber y mucho menos volver a indagar en qué consiste. El resultado es que una regulación hecha desde tan limitados presupuestos no trata, en rigor de la Universidad, sino sólo de sus contextos y circunstancias, pues apenas se refiere a lo que constituye su razón de ser: la adquisición y transmisión del conocimiento teórico y práctico.
A la Universidad actual lo que le sobra es organización. Lo que le falta es vida. Si hojeamos un volumen en el que se reúna toda la legislación universitaria vigente, encontraremos una de las razones de la escasa eficacia educativa e investigadora de buena parte de las corporaciones académicas. El Estado y otras administraciones públicas han entrado en las universidades como elefante en cacharrería, hasta convertir su presunta autonomía en paradójico objeto de infinidad de leyes, sentencias judiciales y reglamentos gubernativos. No sólo en España: en casi todas partes la Universidad se ahoga por acumulación normativa. Y donde por excepción florece, solemos encontrar espacios más amplios de libertad para que cada una de las instituciones articule la indagación, la docencia y la vida cultural del modo que mejor parezca a sus protagonistas.
Esa libertad resulta indispensable para que la Universidad recupere la capacidad de innovación, es decir, sea fiel a su propio proyecto. Esa exigencia de innovar puede resultar incómoda para la «razón perezosa», dispuesta a repetirse ad nauseam con tal de no realizar el esfuerzo de pensar algo nuevo. Pero partiendo acríticamente de las condiciones iniciales ya dadas, no cabe esperar ningún resultado que añada algo a lo ya sabido. De ahí la atonía intelectual de tantos campus, donde todo lo que no sea formalismo o empirismo no posee gran fuerza de convocatoria entre los estudiantes ni merece demasiada atención por parte de autoridades y administradores. Ya no hay impulso germinal ni savia unificadora. Se entra así en una era de expectativas limitadas, en una época de paro antropológico.
Lo nuevo brilla entonces por su ausencia. Y, como resultado, la idea misma de Universidad palidece. Lo cierto es que, si hiciéramos una macroencuesta entre estudiantes, profesores, tecnócratas y burócratas de universidades de las más diversas inspiraciones y procedencias, nos encontraríamos con que (retórica académica aparte) es mínima la proporción de universitarios que sabe lo que es la Universidad y menos aún los que creen en la actual vigencia de los ideales clásicos de unidad del saber y de convivencia entre maestros y escolares. Tal ignorancia y despego es un acontecimiento cultural de extraordinaria importancia, cuyas graves repercusiones casi nadie se atreve a sacar.
Debe reconocerse que no es éste el único ni el primer momento histórico en el que los perfiles de la Universidad como institución han quedado casi completamente desdibujados. Y, sin embargo, hasta hoy la Universidad ha enterrado a sus enterradores. Quizá tampoco ahora falten pequeños grupos de universitarios que sean capaces de renovar la propia idea de Universidad en un mundo que al mismo tiempo la necesita y la rechaza. Universitarios capaces de desmarcarse de las valoraciones culturales imperantes y de pensar desde la misma realidad con una actitud epistemólogicamente inconformista y radical. En eso consiste el genuino ejercicio de la inteligencia.
Las estructuras organizativas rígidas pueden, en el mejor de los casos asegurar niveles mínimos de calidad homogénea. Pero el ambiente en el cual esa capacidad de innovación investigadora y formativa brota con fuerza no es otra que el de la libertad personal y comunitaria. La confianza es el mejor clima para que la calidad de la educación universitaria ascienda y se consolide progresivamente. Son los propios protagonistas de este drama -de resultado siempre incierto- en el que la enseñanza superior consiste, quienes deben cargar con la responsabilidad de autogestionar su propio trabajo y de evaluar con realismo los niveles que se vayan alcanzando.
Nos encaminaríamos así hacia universidades diferenciadas, cada una de las cuales poseería su propio carácter, su tradición investigadora y su ethos inconfundible. Pretender que todas las instituciones académicas estén cortadas por el mismo patrón y relegar el pluralismo exclusivamente a las diferencias internas que en cada una de ellas se puedan legítimamente producir, constituye un modelo escasamente apto para el fomento de la capacidad de innovación que toda corporación académica ha de aplicar también a su propia configuración funcional.
Volvamos a las personas, de donde toda innovación surge y adonde toda innovación retorna. Procuremos facilitarles sosiego, tiempo, motivación y medios para que se pongan a pensar, para que se paren a pensar, para que no se atengan cansinamente a las cosas tal como les vienen dadas, para que no se agosten en la banalidad de los estereotipos, sino que consideren otros mundos posibles y miren la realidad desde perspectivas inéditas.