Hay un apotegma que ha hecho sensación entre los resignados jóvenes que no pueden tener acceso a su propio domicilio, por no poder permitírselo: «vivid de los padres mientras no podáis vivir de los hijos». Con los precios que han alcanzado las viviendas, es un principio moral que aplican a conciencia. Los jóvenes sólo se marchan de casa de los papás cuando según los antiguos cómputos de esperanza de vida tenían que estar ya muertos y enterrados. Se casan cuando están a punto de empezar a enviudar respetablemente y todo eso da como resultado que el número de niños que nace en España sea el más bajo de toda la Creación, no ya por el egoísmo de no querer tener descendencia, sino porque hay tan poco movimiento a la hora de tomar eso que antes se llamaba «las grandes decisiones de la vida» que la descendencia y la ascendencia llega un momento en que se confunden. No hay relevo generacional, pero no sólo en las estadísticas: tampoco en las casas particulares, donde hay hijos que cumplen tantos años seguidos en casa que llegan a ser casi más mayores que sus ancestros benefactores.
Los niños hoy nacen tan tarde que llegan para meterse directamente al preuniversitario, cuando no a la jubilación anticipada. La vivienda familiar se transforma cada vez más en piso solariego, por el que pasan tantas generaciones que nadie se le ocurre volver a casa por navidad, porque ya está allí antes. Se echa en cara a los jóvenes que sean tan cómodos a la hora de dejar la sopa boba, pero ahorrar para comprarse una vivienda demora tanto el trance que llega un lustro en que esos jóvenes ya no se pueden marchar más que con los pies por delante. Los padres no puedan dar un «ultimatum» a los hijos para que abandonen el hogar, porque probablemente los hijos hayan llegado a tener más autoridad sobre el hogar para que ocurra al contrario. Las categorías se subvierten en esta España donde irse a vivir debajo del puente ya no es un dicho, sino una posibilidad.