En los últimos tiempos estamos sintiendo una mayor preocupación social por los temas ambientales. La naturaleza comienza a formar parte del discurso político, económico y normativo. Frente a los enfoques tradicionales de desarrollismo a ultranza, aparecen planteamientos que van desde posiciones ecologistas radicalizadas, casi fundamentalistas, en las que el espacio rural poco transformado debe ser objeto de protección con restricciones en las actividades humanas, hasta las que preconizan la sostenibilidad como modelo de desarrollo donde, más que dicotomía, exista una simbiosis entre los aspectos ambientales y los socio-económicos.
Esta última opción parece mucho más deseable porque se ha demostrado que los polos de desarrollo industrial generaron grandes desequilibrios territoriales, con unas regiones favorecidas por las inversiones estatales en infraestructuras y servicios, y otras que quedaron relegadas, periféricas y remotas, sometidas a una hemorragia migratoria que en estos momentos cuestionan su propia supervivencia. Sin obviar la plasmación de grandes disparidades económicas y sociales entre las diferentes partes del territorio nacional.
Asimismo, las prácticas ambientalistas que se han aplicado en algunos espacios delimitados como Parques Naturales o figuras similares, con imposiciones legales al uso y aprovechamiento tradicionales, se han evidenciado muy negativas (abandono de las explotaciones, aumento del desempleo, emigración, etc.) para las comunidades allí asentadas desde tiempo inmemorial. El turismo no ha sido, como previeron sus gestores, la panacea para algunas de estas áreas, especialmente las del sur, puesto que es estacional y de corta duración, por .lo que apenas contrarresta la pérdida de ingresos provocada por la anulación de su estructura productiva convencional.
Ambos planteamientos reseñados, aplicados a veces de forma concomitante, han conducido y condenado al mundo rural a una situación agónica al quedar exangüe demográficamente y en un galopante declive económico. Los espacios naturales o seminaturales están cada vez más amenazados por procesos derivados de una adefagia antrópica que ha roto el ciclo tradicional de usos del suelo y que desemboca en daños casi irreparables (desertificación, incendios, contaminación edáfila, polución de recursos hídricos, turismo incontrolado, repoblación con especies alóctonas, etc.). El abandono del mundo rural en favor de otros sectores productivos, por un lado, y la consideración de espacio natural protegido, por otro, han traído consecuencias nefastas, dado que la mayoría de los pequeños núcleos rurales están desapareciendo o agonizando, porque sus elevados índices de envejecimiento se traducen en un crecimiento natural negativo, con numerosos óbitos y escasos alumbramientos. Paradójicamente, se ha constatado que tanto las políticas desarrollistas como las ambientalistas han ofrecido los mismos resultados: convertir el mundo rural en un territorio de repulsión que no ofrece expectativas laborales y servicios adecuados para las cohortes jóvenes residentes ni para atraer nuevas poblaciones que dinamicen y aseguren el relevo generacional de esos entornos. De continuar así, en breve tiempo habrá que anillar y catalogar a los individuos rurales (agricultores, pastores o artesanos) como reliquias del pasado; en definitiva, una 'especie en vías de extinción'. La solución de hoy no está en la emigración que durante décadas ha actuado como válvula de escape, porque ya la sociedad urbana no demanda obreros sin cualificar (campesinos) para sus fábricas e instituciones. Por otra parte, si la sociedad urbanícola necesita de los espacios rurales para solaz y deleite, así como de pulmón purificador de las ciudades por los valores ambientales que entraña, tiene que estar dispuesta a asumir los costes, pues al igual que existe una filosofía de «quien contamina paga» debe instaurarse su contrapartida y «quien conserva cobra». Algunos dirán que esto es contraproducente porque no es productivo, pero, ¿lo son acaso los museos, los ejércitos o los equipamientos deportivos? Simplemente todos son elementos incuestionables e insustituibles para una sociedad desarrollada. Ahora que se cuenta con importantes recursos financieros procedentes de los fondos estructurales e iniciativas comunitarias (Feoga, Leader o Proder), tenemos que ser imaginativos para diseñar nuevas soluciones - ante la inutilidad de las tradicionales - que conjuguen las estrategias económicas y ambientales para hacer el espacio rural/natural (o más acertadamente cultural) atractivo, incluyendo la orientación del 'desarrollo sostenible' por ser la única que condiciona positivamente la resiliencia del sistema en su conjunto.
En conclusión, parece claro que si queremos preservar el espacio natural, en sentido restringido, o más bien cultural, en sentido amplio por las connotaciones más acertadas de esta denominación, no podemos renunciar a la presencia del hombre y sus actividades en esos entornos. El hombre rural concebido no sólo como agente transformador del espacio, por su parte de especie integrante del mismo, sino necesario para la conservación del paisaje en sí, que es lo que a su vez garantiza su propia existencia.
Fuente: Hoy 11/03/02.