La escuela de música de Valdefuentes, con 45 alumnos, es un ejemplo del interés por la enseñanza musical en los pueblos más pequeños
Carlos, de nueve años, llega con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos chispeantes debajo de sus gafas y un maletín negro en la mano. «Parece de oro», asegura. Es el día en el que va a estrenar su trompeta, el instrumento que ha escogido para afianzarse en el aprendizaje musical. «Si luego no sigo, la vendo, como es de oro», explica igual de sonriente a sus compañeros de la escuela de música de Valdefuentes, un ejemplo de que el interés de los padres por la educación de sus hijos puede lograr experiencias interesantes como ésta, pese a vivir en un pequeño pueblo. «Para los padres nos supone un esfuerzo, en estos pueblos que viven de la ganadería y apenas hay industria no sobra el dinero», asegura Ascensión Heras, madre de dos alumnos.
En Extremadura existen unas 70 escuelas de música, la mayor parte ligadas a los ayuntamientos, que las sustentan económicamente. Están en su mayoría en la provincia de Badajoz, algunas de las cuales tienen un importante número de alumnos: Zafra, 350; Villafranca de los Barros, 175. La de Don Benito es la única reconocida por el Ministerio de Educación, según explica Carmen Colomo, su ex directora y ex directora también del Conservatorio de grado medio de la localidad dombenitense. Ella, entre otras personas, intentaron el año pasado crear una red regional de escuelas de música. «Tuvimos varias reuniones, parecía que todo estaba listo, pero al final, no se bien por qué, no se creó. Sería una buena cosa», afirma. Ahora, cada una funciona «un poco por su lado, en función de sus posibilidades y de los profesores», asegura Colomo.
Normalmente, están ubicadas en municipios grandes para las proporciones demográficas de Extremadura. No es el caso de la escuela de música que nació hace cinco años en Torre de Santa María, 750 habitantes, y que cuajó en un proyecto tan sólido que ha sobrevivido incluso al traslado de la escuela a la vecina población de Valdefuentes, 1.500 personas. Los padres, que ya pagan 15 euros (2.500 pesetas) mensuales por asignatura, no han podido hacer frente, además, al pago de la Seguridad Social de los dos profesores. El ayuntamiento de Valdefuentes ha accedido a sufragar esta parte del gasto y cede un aula de la biblioteca municipal, junto a la casa cuartel de la Guardia Civil, con aspecto de tener un nivel de acústica nulo. No importa demasiado. José Luis Rodríguez Pablos y Francisco Javier Cortés Sánchez, formados en el Conservatorio de Cáceres, imparten allí las asignaturas de lenguajes musical, viento madera, viento metal y conjunto instrumental a 45 estudiantes que van desde los 4 a los 19 años, aunque también hay alumnos de 40. Es la gran ventaja de las escuelas de música frente a los conservatorios, la flexibilidad. «Los conservatorios tienen restringida la edad, y además están orientados a una enseñanza reglada para aquellas personas que desean dedicarse a la música de una manera profesional. A mí las escuelas me parecen estupendas y en Cáceres, por ejemplo, deberían existir más para atender la demanda de las personas que desean aprender a tocar un instrumento por gusto», afirma Mercedes Pardo, directora del Conservatorio de Cáceres. Las escuelas, pues, satisfacen el gusanillo musical que puede surgir en las personas a cualquier edad, pero además tienen otro objetivo importante: preparar a los niños para que superen las pruebas de acceso de los conservatorios. En la escuela de Valdefuentes, de los cuatro cursos que se imparten hay uno diseñado exclusivamente para este fin.
Pruebas de acceso
Y es que entrar en un Conservatorio no es tarea fácil. El de Cáceres, el más cercano a estos alumnos, sólo pudo atender 58 solicitudes de las 205 que recibió para este curso. Cuenta con 487 estudiantes ahora mismo, y la falta de espacio les impide aceptar a más. «Estamos comprimidos. El piano, la guitarra, el violín y la flauta travesera son, por este orden, los instrumentos que más demanda tienen, pero estamos cubiertos al 100% en todos», señala Pardo.
Para acceder al grado elemental del conservatorio se necesita superar una prueba y además tener entre 7 y 11 años. «El deseo de la mayor parte de los padres es que los niños vayan luego al Conservatorio», asegura Ascensión, madre de dos alumnos de la escuela. A ella le cuesta 60 euros mensuales (10.000 pesetas) la enseñanza musical de sus hijos. «Sí, es un esfuerzo económico. En estos pueblos que viven de la ganadería y apenas hay industria, no sobra el dinero. Luego están las clases particulares, porque en los colegios rurales el nivel que reciben no es muy alto. Y también hay que comprar los instrumentos». A Carlos, que ayer estrenaba trompeta, le ha costado 75.000 pesetas. Evidentemente, no es de oro, pero la cuida como si lo fuera. Lidia, de 10 años, ha elegido el clarinete y reconoce que le gusta más ensayar con le instrumento que leer. Jenny, de 8, va a elegir la guitarra. «Hasta los 8 años aprenden lenguaje musical y a partir de esa edad eligen instrumento. Si lo tienen muy claro, se acepta el que ellos escogen, pero también procuramos aconsejarles según las habilidades que demuestran», aseguran los profesores. Cuando un niño tiene cualidades musicales se le nota enseguida, de manera casi instantánea. Pero José Luis y Javier afirman que «las cualidades ayudan, pero no son decisivas; en esto también se trabaja y se puede aprender si los niños se acostumbran a un ritmo diario. Ascensión asegura que la enseñanza musical no es capricho de los padres. «Al revés, cuando no estudian las materias del colegio les amenazo con no llevarles. Y el curso de verano les encanta, prefieren quedarse sin piscina. Ahora ya les gusta escuchar música clásica en casa, lo que antes no hacían, y a mí me parece estupendo», añade.
Los cursos estivales se han impartido los tres últimos veranos y es una actividad complementaria de la escuela, lo mismo que los tres conciertos que se ofrecen al cabo del año, y la banda de música que se ha creado, «algo impensable en una localidad tan pequeña», señalan los profesores.