OPINIÓN. TRIBUNA
Se puede negar la evidencia? ¿Hay quien sea capaz de traer a colación noticias de los jóvenes, con gran repercusión, que no estén relacionadas con excesos? ¿Acaso la sociedad se conmueve de la misma manera cuando son tratados como simples instrumentos por los adultos dominantes? ¿Es que no se quiere reconocer que en ocasiones los jóvenes son mirados con la displicencia de nuestros pensamientos, cuando con éstos les otorgamos tantas equivocaciones como tiempo les concedemos (porque el tiempo es suyo, si no, ¡qué sé yo¡) para darse cuenta de ellas? ¿Es que acaso se nos ha olvidado cómo fuimos nosotros en aquellas edades? ¿No será, más bien, que somos capaces de recrear los errores de la juventud ajena, antes que recordar las veces que nos equivocamos cuando éramos protagonistas, desde la juventud propia? ¿Son comparables las circunstancias de la sociedad de hoy, con las vividas en tiempos de pocas libertades y de menos gentes con posibilidades de diversión? ¿No es cierto que se han producido reivindicaciones masivas en nuestras ciudades para lograr más y mejores servicios (véase universidad) que atraigan gentes, desde una visión especialmente economicista?
¿Cuántas inversiones privadas en pisos de alquiler se producen en proporción con las inversiones públicas para adecuar las ciudades a los movimientos de los jóvenes, vecinos durante 9 meses al año?
Si alguien empieza a sospechar que trato de defenderlos, está viendo la senda por la que pretendo discurrir, aunque no sea una defensa a ultranza, como tampoco se trata de cargar las culpas en los de la edad propia. No sería lógico y sí demagogia. Es más, estoy tan plenamente convencido de la gravedad del problema, como de la dificultad de su solución, por lo que sería absurdo criticar a quienes desde una u otra institución y responsabilidad, intentan dar respuestas, buscando conciliar el derecho a la diversión de unos, con el descanso de otros, procurando al mismo tiempo defender una ciudad, que lo es de todos. Sólo merecen críticas los incoherentes, como aquél que critica a quienes supuestamente promocionaron la movida en otro contexto histórico, mientras que para él mismo abogaba por 'beber lo que quisiera y donde quisiera'.
Consideraciones políticas, origen de la movida, sus aspectos sociológicos, cambios de modelos, exaltación del individualismo y visión de la 'urbanidad' como algo rancio, desarraigo, exclusión, doctrinas únicas, incomprensiones cíclicas, despreocupación familiar, etcétera.
Son tantas las perspectivas y tantos los análisis que mejor no continuar con la relación, ni con sus matices. No obstante, hay algo que salta ante los ojos cuando comparamos la evolución de las ciudades en las que se da con mayor énfasis el fenómeno del 'botellón'/movida (incluido el factor clima en la comparación). Por ejemplo, recórranse por la noche Madrid, Salamanca, Badajoz o Cáceres. Tengo la fundada impresión de que en unas más que en otras, la actuación pública ha tenido más directrices y la iniciativa privada ha sido mayor. En el caso concreto de Cáceres, no se quiere caer en la cuenta de la necesidad de hacer una política de ciudad que abarque las 24 horas (no sólo el día), sin apreciarse, en su auténtica trascendencia, que una parte de sus habitantes quiere vivir la ciudad por la noche. Falta perspectiva, se requiere planificación, urge un nuevo enfoque hacia un 'urbanismo nocturno' especial y específico, se necesitan empresarios sociales, se demandan inversiones públicas e incentivos, hay que recoger las sensibilidades de todos sentados en la misma mesa, son de reclamar objetivos específicos y un calendario anual de actuaciones pactadas. Hay que dar opciones ordenando el nuevo concepto de la noche. Mientras tanto, sobra la demagogia contra quien tendió la mano a todos para buscar las soluciones desde una perspectiva valiente, global y participada. Y sobra esa minoría que ensucia, destruye la convivencia y no respeta a los demás.