Quitando la razón a fuerza de hechos consumados, y tras la dramática puesta en escena que supusieron los graves disturbios del pasado fin de semana, la juventud afincada en Cáceres parece haber borrado del mapa de los aforismos aquel que sentencia que la historia, a veces, se escribe para que no se vuelva a repetir. Porque de muchas conclusiones que se pueden extraer de los enfrentamientos que se produjeron en la ya famosa zona de copas de La Madrila, una parece prevalecer sobre otras muchas: en más diez años, desde que se produjeron los incidentes de 1991, poco o nada ha cambiado en Cáceres. Para lamento de todos, éste es un hecho cierto que proyecta la foto fija de unos actos vandálicos que, indudablemente, sólo merecen la condena y que recorren media España a través de unas imágenes que poco o nada tiene que ver con la realidad de una ciudad como Cáceres.
Pero nos llevaríamos a engaño si exclusivamente centramos en la juventud la responsabilidad de una situación larvada en las calles cacereñas durante todo el verano, que no hizo más que precipitarse con el adelanto del horario de cierre de los establecimientos y el retorno de los estudiantes universitarios. Todos somos responsables de no haber encontrado una solución durante todos estos años. Porque Cáceres no es distinta, o no debe serlo en este asunto, a cualquier otra ciudad extremeña. Y, a pesar de todo, la fuerza de los hechos demuestra que la protesta juvenil traspasa generaciones, desde la que protagonizó los acontecimientos de 91 hasta la actual.
Por desgracia, ni los más optimistas dan un duro por una eventual vuelta a la normalidad durante el fin de semana que se avecina. Los hosteleros, mientras tanto, dan una nueva vuelta de tuerca a la normativa y plantean un cierre escalonado en cuanto a horarios para poder sortear las restricciones. Nada invita al sosiego. Ni siquiera el centenar largo de agentes de los cuerpos de seguridad que vigilarán por el cumplimiento del orden a lo largo de los próximos días. Cáceres sigue en vilo mientras espera paciente lo inesperado: que todo transcurra con normalidad. Ojalá así sea.
Y llevan razón aquellos que sostienen que una ciudad de aproximadamente 85.000 habitantes, con una población universitaria que supera las 12.000 almas, necesita algo más que bares para cubrir la demanda de ocio de una juventud que tiene aquí los mismos hábitos, por perjudiciales para la salud que sean, que en cualquier otro punto de la geografía española. Y es cierto que un problema es el botellón , y los que encierra en sí mismo (alteración del descanso, acumulación de desperdicios o alcoholismo juvenil, por poner tres ejemplos muy distintos entre sí) y otro bien diferente el escenario que ahora tenemos delante: una protesta que va más allá de lo airado ante el fin de fiesta a las tres de la mañana, con unos hosteleros que nunca dan puntada sin hilo. ¿Por qué siempre en Cáceres?