la troya extremeña:

el periódico extremadura 10/10/02 - OPINIÓN. EN MI SITIO. JUAN COPETE - Autor teatral

 

Por fin abrimos un telediario. Por fin, la voz un tanto gangosa de Matías Prats nos dedicó la portada que nos haría efímeramente eternos: ¡Cáceres en guerra! Lástima que no fuera por una causa más justa o por una metralla más solidaria. No es que yo quiera quitarle hierro al asunto, aunque, a decir verdad, sí que le quitaría algo de humo y fuego. Las hordas juveniles se tiraron a la calle para reivindicar unos cuantos de cuba-libres más. Esto que parece el titular de un periódico un tanto amarillo, es algo más que eso: es la prueba palpable de que los muchachos/as no quieren estar tanto tiempo en casa y sí al amparo de una copa, último reducto de corazones solitarios. Para los bienpensantes, todo se traducirá en que una serie de golfos/as desoficiados que quieren ponerse a la noche por montera y desafiar al alba, para que los mire directamente a los ojos.

 

Para los vecinos de la zona cero, la tabarra de siempre con voces beodas que intentan detener a la n noche y de paso joderles el sueño. Para los protagonistas, es el embrujo de la luna --salga o no--, que les hace salirse de madrigueras y apuntes tediosos, para buscar las mentiras que trae irremediablemente la oscuridad. En un país de tabernas y sangría, como el más preciado reclamo, no debería extrañar que las camas amanezcan frías y planchadas con la humedad de la amanecida.

 

Cáceres se creyó Troya cuando, allá por el 91, una rebelión de noctámbulos se negó a dejar fría y sola a la bella ciudad extremeña. Ni que decir tiene que el mito nació, que la ciudad se despertó prendida de antorchas --pura esencia medieval-- y nuestros muchachos se coleguearon con los de Madrid y Barcelona. Lo que Saponi nunca ha entendido, es que el Campus empieza en la plaza Mayor y los currantes hacen horas extras en La Madrila.

 

Si a eso le sumamos la gelidez de los pisos y las residencias, amén de la aridez de los apuntes y la juventud del cuerpo y del alma, todo señala a que el tiempo se empequeñece y las barras se acortan, por lo cual los sandungueros piden más jarana. Y contra la jarana, ya se sabe, que no valen los antidisturbios ni juntas de seguridad. Lo que sí se pediría a las huestes de la marcha, es que hicieran propuestas incendiarias de cordura y de diálogo, que Cáceres no necesita de coches y contenedores ardientes para resaltar su serena belleza. A los próceres, que hablen con los desatinados, que a menos que se lo propongan se restarán años de encima. A los afectados, paciencia y algún somnífero que otro, y a los antidisturbios, guardianes de la noche, que no aporreen demasiado al personal, para que nadie se crea que estamos en una guerra. Y es que a esa edad, se apetece una guerrita que otra. Las facultades y los talleres ya no son lo que eran.