Una cuestión de perspectiva. Miguel A. Melón Jiménez

hoy 20/11/02 TRIBUNA EXTREMEÑA - Miguel A. Melón Jiménez

Miguel A. Melón Jiménez es Profesor Titular de Historia Moderna de la UEx

A propósito de la anunciada supresión del subsidio agrario y del PER, el autor se pregunta "qué alternativas concretas se ofrecen a las regiones y a los pueblos donde ni la industrialización ni la reforma agraria llegaron, ni visos hay de que lo hagan"

Hace unos días, desde un acreditado foro de opinión, el Presidente de la Junta de Extremadura expuso con la vehemencia que le caracteriza las razones que, a su juicio, llevaban al gobierno de la nación a no dar marcha atrás en su decisión de suprimir el subsidio agrario y el conocido popularmente, aunque ya no sea su nombre, como PER. Compartiendo su preocupación, no considero yo exclusivamente la derivación política a que inevitablemente conduce dicho asunto, porque en el fondo de esa polémica subyace, a mi modo de ver, algo tan trascendental como el hecho de que tal vez estemos asistiendo -sin ser plenamente conscientes de ello- a los últimos compases del proceso de aniquilamiento de realidades asumidas durante siglos, con el consiguiente peligro de que más adelante, cuando queramos recuperarlas, caigamos en la cuenta de que es demasiado tarde para hacerlo.

Vistas las coordenadas demográficas y económicas en que se mueve nuestra región, por muchas que parezcan, siempre se nos antojarán insuficientes las energías aplicadas a debate de tan hondo calado. Diferentes historiadores advierten que el cambio más drástico y de mayor alcance de la segunda mitad del siglo XX, el que nos separa para siempre del pasado, sería la muerte del campesinado y el predominio de una civilización urbana, con el triunfo consiguiente de sus valores y modelos de referencia. Antes de que esto sucediera, frente a la socorrida y ensalzada Arcadia campesina, el sentimiento de postergación de lo rural comenzó a manifestarse de forma cada vez más evidente desde el siglo XIX, cuando la Revolución industrial marcó una línea divisoria ya irreversible entre ambos escenarios. A partir de ella se aquilataron unos mundos cuyos perfiles nos resultan conocidos y que Raymond Williams fijó en un libro excepcional, El campo y la ciudad: una imagen idílica del campo que remite a un estilo de vida natural, de paz y sosiego, de inocencia, pero también al ámbito en que florecen el atraso, la ignorancia, y cuanto no se da por bueno al no acomodarse a los esquemas propios del mundo urbano.

Hacemos de éste, por el contrario, centro de progreso, de erudición, de comunicación en espacios que nada tienen que ver con los que propiciaban la antigua sociabilidad campesina sobre la que ha terminado imponiéndose la individualidad consustancial al capitalismo; pero no es menos cierto que en él cuajan todas las ambiciones, se aviva la hoguera de las vanidades y no suele constituir siempre el lugar agradable que nos gustaría contemplar. Se inició entonces una propensión sistemática a convertir las connotaciones más negativas de los numerosos jornaleros, yunteros y pegujaleros en elemento de identificación del mundo rural y a esbozar como paradigma del atraso lo que no dejaba de ser consecuencia de un desigual reparto de la propiedad de la tierra.

Cualquiera que haya tenido ocasión de consultar los voluminosos informes elaborados sobre su situación y comportamientos, desde los redactados con tinta por los funcionarios del Estado liberal hasta los mecanografiados del franquismo, verán que no se muestran particularmente indulgentes con ellos, limitándose a denunciar los abusos en que incurrían o los desórdenes que provocaban, pero sin atreverse a cuestionar su razón de ser, en tanto que piezas esenciales del engranaje productivo.

Triste panorama el de estas reservas de mano de obra barata que, obligadas posteriormente a desplazarse desde los pueblos a las urbes en busca de trabajo, dejaban atrás un pasado y, sin tener un presente, se aventuraban hacia un futuro totalmente incierto.

Creo que, con el paso del tiempo, apenas se han modificado las estructuras del sentir respecto a este fenómeno, según se desprende de las opiniones manifestadas en torno a la conveniencia del mantenimiento o la desaparición del subsidio agrario y en las posiciones asumidas por diversos sectores sociales, bien de manera tácita, o envueltas en una equidistancia que enmascara la ausencia de un compromiso claro.

Hoy, lo mismo que ayer, no es precisamente la vertiente más amable de esta cuestión social, convertida por méritos propios en argumento de justicia histórica, la que se destaca. Se vuelve una y otra vez a insistir en sus aspectos más negativos, sin evaluar el componente de redistribución de riqueza de estas prestaciones y lo que suponen para compensar, siquiera en pequeña proporción, la precariedad generada por unos desequilibrios que vienen de lejos. Fuera de determinados ámbitos, se arrincona en la controversia su capacidad para atemperar el horizonte laboral que se adivina tras los nuevos movimientos migratorios de distinto signo que se están produciendo y se relativiza su importancia con la ligereza que proporciona la descontextualización del problema. Porque, con independencia de lo dispuesto en los laboratorios de ideas, la gran pregunta, recurrente casi dos siglos después y en modo alguno producto de la resignación, continúa siendo la misma: ¿Qué alternativas concretas se ofrecen a las regiones donde ni la industrialización ni la reforma agraria llegaron, ni visos hay de que lo hagan?

En este sentido, parece oportuno recordar ahora que ya los hombres del XIX adelantaron la lógica de problemas que, a día de hoy, siguen centrando encendidas disputas. En agosto de 1829, al solicitar la Diputación de Comercio de la Provincia de Extremadura ante el Consejo Supremo de Hacienda la creación de un Consulado de Comercio en Badajoz, apoyaba su petición en una declaración de principios contundente como pocas: "La Diputación no desconoce que sería un absurdo pensar que todas las provincias floreciesen de un modo igual en el Reino; está persuadida que cada una debe abrazar aquellos ramos de industria que más se acomoden a las producciones de su territorio, y que si Cataluña excede a Extremadura en fábricas y productos industriales, debe ésta llevar una ventaja considerable a aquella en la agricultura; está convencida también que si los habitantes de Cataluña se trasladasen a Extremadura, se convertirían bien pronto en labradores, al paso que los extremeños en Cataluña serían a la vez artistas industriosos".

En la actualidad, una especie de amnesia selectiva y fácilmente manipulable en aras de una pretendida financiación de la indolencia se propaga desde determinadas tribunas y se olvida que, según Joseph Roth dejara escrito en el espléndido epitafio de toda una sociedad que simboliza su libro La cripta de los capuchinos, "un país entero, una patria incluso, son cosas abstractas, pero un campesino es algo concreto". Se prescinde deliberadamente de recordar que las raíces de cada uno son las que son y están donde están para evitar, de paso, la enorme paradoja surgida entre lo que fuimos y lo que somos; pero negarlo significaría renunciar a nuestra historia y a cuanto dio sentido a la existencia de este pueblo durante siglos. Por ello, manifiesto la esperanza de que, tras reflexionar y remover el interior de sus conciencias, no sean multitud los dispuestos a presenciar, desde nuestras recién estrenadas poltronas de urbanitas de nuevo cuño con marbetes neoliberales, las exequias del mundo que albergó a las generaciones que nos precedieron. Ni tampoco a permanecer como meros convidados de piedra ante medidas que contribuyen a la despoblación definitiva de esos testigos mudos de la memoria en que se están convirtiendo bastantes de nuestros pueblos, ya semivacíos y envejecidos tras años de sangría migratoria, y a la espera del narrador que describa su agónico ocaso. Lo dicho, una cuestión de perspectiva en la que el tiempo, inapelable juez, dará o quitará razones.