huelga en la enseñanza:

Cuatro en los que se analizan por sectores la posible justificación que pueda tener la ya convocada jornada de huelga para el próximo 29 de octubre en todos los niveles educativos no universitarios, contra el proyecto de ley de calidad de la enseñanza del Ministerio. Pues bien, la premisa que guía estas reflexiones es que se trata de una huelga totalmente injustificada desde el punto de vista de la actividad educativa, y no tiene más razón de ser que la de desgaste político al Gobierno. Por ello, sería deseable que los diversos sectores afectados no se dejen manipular, y que la oposición al Gobierno se ejerza donde corresponde: en el Congreso de los Diputados y el Senado.

En primer lugar, y objeto de esta primera entrega, el gran colectivo que constituimos los padres y madres que seguimos con preocupación el estado del sistema educativo en el que se forman nuestros hijos. Pues bien, aparece en el borrador de la ley un pequeño apartado que provoca asombro por el mero hecho de su existencia: «Deberes de los padres». Al leerlo, nos encontramos con una serie de puntos que parecen de Perogrullo, y que jamás hubiéramos sospechado que tuvieran que ser recogidos con carácter normativo en forma de ley, y que se resumen lapidariamente diciendo que los padres somos los primeros responsables de la educación de los hijos.

¿Qué clase de mecanismo prodigioso de cambio social se ha producido para que, de hecho, los padres hayamos delegado esa responsabilidad absolutamente nuestra en el sistema educativo? La respuesta no es otra que la contenida en la filosofía de la Logse y, en general, las premisas teóricas que informaron al socialismo gobernante en España en la anterior etapa, dirigidas al establecimiento de una suerte de «estado-providencia» comprometido en dar al ciudadano resueltas absolutamente todas sus necesidades, con lo que han provocado una auténtica generalización de la irresponsabilidad de la sociedad.

Irresponsabilidad que se concreta (salvo aquellos casos en que la situación laboral y económica de la pareja impide «de facto» una dedicación satisfactoria a la educación de los hijos) en una actitud generalizada de prolongar la «soltería» en cuanto al disfrute de las diversas alternativas de ocio actual, para lo cual los hijos se convierten en un estorbo que procede eliminar callándoles con todo tipo de artículos de consumo y manteniéndoles el mayor tiempo posible fuera del hogar mediante una sobrecarga de actividades de la mañana a la noche. La única opción coherente para aquellos que libremente han optado por mantener su tren de vida es no tener hijos, pero hoy en día es algo que el rol social impone al igual que exige casa propia, coche y una suerte de objetos necesarios para poder pretender «ser algo». Imbecilidad social.

Habiendo, pues, usurpado los poderes públicos las responsabilidades que ineludiblemente el ciudadano le tocan, el sistema educativo vino a impregnarse de una filosofía en la que había que «liberar» a toda costa a los padres de sus hijos, haciendo recaer el peso de su educación en los profesionales de la misma, adjudicándole al sistema público de enseñanza las misiones de guarda y custodia, educación en valores, educación socio-afectiva, que sólo le corresponde de modo subsidiario, con políticas que llevan a los padres a estar menos tiempo con sus hijos, regalar libros de texto, de manera que lo que se ha generalizado es una desimplicación paulatina de los padres en el proceso educativo de sus hijos, precisamente el efecto contrario al que rimbombantemente se declaraba en la LODE y la Logse de fomentar su participación.

Esta participación se ha convertido en una auténtica fiscalización sobre el profesorado, al que hoy se le exige, ni más ni menos, que sustituya a los padres en su tarea educadora, y al que sistemáticamente se responsabiliza del fracaso escolar, en una actitud hipócrita y farisaica por parte de la sociedad, incapaz de una autocrítica que pone en evidencia que la verdadera y auténtica responsable de dicho fracaso es ella misma, y por supuesto, esos poderes públicos que se han estado ocupando durante tantos años en infantilizarla y adormecerla con falsas promesas de paraísos socialistas. Más los hechos son tercos e inapelables: todo lo que un hijo no ha recibido de sus padres durante sus primeros años de vida no puede ni va a recibirlo de ninguna otra instancia existente en el mundo porque es imposible.

Después de largos años de gobiernos socialistas en los que los «progresistas» eran los modelos convivenciales alternativos como las parejas de hecho, la disolución de los vínculos matrimoniales, la homosexualidad o cualquier otra forma que socavara el modelo «tradicional» de familia y en los que se ha generalizado una, en palabras del doctor Enrique Rojas, «institucionalización de la adolescencia», la contundencia probatoria de los hechos han demostrado como nefasta esta política, por lo que como padres, no nos queda otra opción coherente que proclamar con firmeza: ¡Sí a la ley!, ¡No a la huelga!

Fuente: ABC, 23/10/02. Por Alejandro Campoy Osset.