OPINIÓN. EL MIRADOR
Cualquier persona que conoce la verdad de las cosas sabe que los conflictos tienen un tiempo de lógica exposición de pareceres individuales que no puede dilatarse indefinidamente so pena de enquistarlos. Si media el buen criterio y se quiere llegar a un intento de resolución de los mismos, alguien debe dar el primer paso aun a costa de ser vituperado, usar la inteligencia y marcar un camino de posible salida. Encerrarse cada parte en su almena supone todo menos una voluntad de arreglo del desajuste, pues no cabe olvidarse que hoy, aquí y ahora, nos hemos acostumbrado a la libertad, mal entendida a veces, egoísta si quieren, pero libertad al fin y al cabo y la fuerza de los antidisturbios no puede contra ella. Libertad de descanso como pregonan los vecinos, libertad de los jóvenes para estar en la calle, libertad de los hosteleros que pagan sus impuestos. Las imposiciones, teniendo en cuenta una sola de las facetas del problema pueden paralizar momentáneamente la crisis dando una falsa sensación de normalidad, pero nunca son la solución definitiva.
En mi modesto entender, la oferta del presidente de la Junta de revisar los horarios de cierre de los bares va en la dirección de encarar el problema. Por ello nadie debiera descalificarla sólo porque no se adecúe a su forma unilateral de entender la solución. Los establecimientos están ahí con su oferta, por otra parte ampliamente demandada, en una ciudad turística y universitaria como Cáceres y las costumbres, querámoslo o no, terminan por volverse casi leyes. Hoy salir a tomar una o varias copas se ha convertido en algo habitual que no sólo hacen los más jóvenes, aunque la noticia sea el que algunos de éstos arriesgan su salud y se pasan en sus derechos. No entro ni salgo a calificar dicha costumbre, porque creo que hay una vaga hipocresía en esos comentarios despectivos sobre la marcha a la que probos ciudadanos también se apuntan con motivo de una cena de empresa o de cualquier celebración que se tercie. El mercado existe con sus tentaciones (como dirían los abuelos) y antes de intentar moldearlo a nuestro capricho (tarea harto imposible) sería menester que cada cual fuera suficientemente responsable de sus actos para cuidar de sí mismo (a nadie le ponen una pistola en el cuello para hacer algo si no quiere) y desde luego para no incordiar con sus aficiones a quienes no disfrutan con las mismas.
Entiendo que si desde un prisma educativo pueden atajarse determinados aspectos de responsabilidad propia que atañen al colectivo, desde el plano municipal debe iniciarse la revisión correspondiente en lo que se refiere a licencias y normativas de los bares y acomodarlos (si no lo estuvieran) a la legislación vigente.
El ayuntamiento debe respetar a sus conciudadanos haciendo que los mismos cumplan las normas sin necesidad de poner a la policía todos los días en sus puertas. Conocida realmente la situación, sin prejuicios, sería el momento de analizar posibles soluciones. Somos muchos los que queremos una ciudad abierta también en la mente y en el espíritu.