estética, kilos y sentido común

Opinión.
ABEL MARINE. Catedrático de Nutrición

En la reciente conferencia de la FAO, los países ricos han sido incapaces de llegar a acuerdos que contribuyan a disminuir el hambre en la Tierra. Sigue vigente la afirmación, atribuida a Josué de Castro, de que media humanidad no puede dormir porque tiene hambre, y la otra media tampoco por miedo a los que pasan hambre. Pero en el medio mundo más o menos saciado también existe gente que no duerme por temor a ganar peso y que se apunta a pasar hambre, si es posible con comodidad. Por ello abundan los productos, racionales algunos e irracionales la mayoría, que dicen que ayudan a lograr el peso considerado ideal. Incluso la Rosa de Operación Triunfo se ha visto implicada en el anuncio de un complejo para adelgazar. También podemos ver anuncios que afirman que se pueden perder muchos kilos en poco tiempo sin control facultativo. Semejante milagro no suele producirse, y si se da un adelgazamiento tan brusco, habría que ver la composición del producto milagroso, y si su consumo es seguro.

Es asombroso que muchos consumidores, normalmente preocupados por los riesgos asociados a la alimentación, y con razón alarmados por crisis como la de las vacas locas, cuando les prometen el oro y el moro respecto de la reducción de peso no evalúan el riesgo de ser engañados o de perjudicar su salud, y se apuntan a regímenes absurdos o ingieren productos sin aval científico.

No hace mucho, las autoridades sanitarias retiraron productos ilegales, algunos pretendidamente indicados para la obesidad. Estos productos, que suelen calificarse de naturales, como si eso fuera garantía de seguridad, circulan como alimentos para evitar los controles de los medicamentos. Los canales suelen ser varios, principalmente tiendas de herbodietética, donde se encuentran desde alimentos o hierbas de uso tradicional o alternativo perfectamente válidos, hasta otros que no resisten un análisis serio que vaya más allá de la fe con que son promocionados y consumidos.

La legislación española es ambigua, y sólo deja claro que si a un producto se le atribuye un efecto terapéutico tiene que ser evaluado como medicamento y dispensado en farmacias. Muchos mensajes publicitarios evidencian que eso no siempre se respeta. El debate no es inocente y existen intereses económicos en juego, pero la salud tiene que prevalecer y muchos productos no pueden estar en manos de personal sin la cualificación necesaria.

Tampoco se trata de considerar que la ciencia oficial posee toda la verdad, pero hay que exigir rigor ante afirmaciones a cuyos efectos el ciudadano es sensible, como adelgazar. Estos efectos deben ser explicables, demostrables y reproducibles, y pasar por la evaluación de las publicaciones científicas serias, que no son infalibles, pero que tienen más crédito que el libro o el anuncio de un experto del que no constan sus aportaciones científicas, o del que dice 'a mí me ha ido muy bien'.

Un ejemplo: dicen que el vinagre de manzana ayuda a quemar grasas (¿por qué no el de vino?). ¿Dónde están los datos científicos que lo prueban? Parece que los argumentos son la tradición y que es una ayudilla, no un medicamento. En la promoción de unas cápsulas de vinagre de manzana se afirma que es más cómodo y agradable tomar estas cápsulas que aliñar con él los platos. ¿A qué concepto de calidad de vida responde esta afirmación? Como profesor de una facultad de Farmacia no me hace feliz ver estas cápsulas en algunas farmacias; establecimientos donde el ciudadano puede y debe ser informado y aconsejado con solvencia sobre salud y alimentación.

Como dice un documento de los Colegios de Médicos y de Farmacéuticos de Catalunya, la obesidad es una enfermedad crónica, y su curación, difícil. Algo puede hacerse, pero no milagros. Hablamos de obesidad real, no de las manías que muchos y muchas tienen sobre su imagen y que algunos publicitarios siguen empeñados en divulgar planteando modelos imposibles, de estética discutible, que causan frustración.

Fuente: el Periódico Extremadura, 02/07/02.