ANTONIO PAPELL - Hoy 05/07/02
EL domingo comienza en Barcelona una nueva Conferencia Internacional del Sida y, ante este acontecimiento, la ONU ha publicado un informe mundial sobre la situación de la enfermedad. Si hace dos años, en la llamada Cumbre del Milenio, se marcó como objetivo estabilizar la pandemia del sida en el 2015, para lo cual el secretario general de la ONU pidió la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares, hoy aquel objetivo parece sencillamente inalcanzable por la progresión, mucho mayor que la esperada, de la enfermedad. Y porque, dos años después, la comunidad internacional tan sólo ha aportado recursos por menos de 3.000 millones de dólares.
Los datos actuales del sida contenidos en el mencionado informe son estremecedores. Actualmente, 40 millones de personas están infectadas en todo el mundo, 6.000 jóvenes se contagian cada día y se prevé que antes del 2020 habrán muerto 70 millones de personas. Y aunque la enfermedad se extiende peligrosamente por Rusia, China e India, la situación más desesperada es la de África, donde se da el 70% de los casos totales de infección, el 58% de los cuales afecta a mujeres. En cuatro países subsaharianos -Botswana, Zimbawe, Swazilandia y Lesoto-, más del 30% de los adultos son seropositivos y en toda esta región la esperanza de vida se ha reducido a los 42 años.
Pero lo más llamativo del análisis de situación que ha confeccionado la ONU es que sólo el 2% de los enfermos de todo el mundo recibe la medicación adecuada mediante los antirretrovirales, fármacos de precio muy elevado que convierten la enfermedad en crónica y mejoran muy apreciablemente la calidad de vida de los infectados. Naturalmente, la mayor parte de quienes tienen esa suerte son ciudadanos occidentales.
Con toda claridad, estamos ante dos problemas distintos, aunque conectados estrechamente entre sí: de un lado, la humanidad está amenazada por una pandemia que avanza, que se ha conseguido controlar en determinadas zonas (y no sólo en los países desarrollados: también en Uganda, Filipinas, Senegal y otros países) y contra la que no existe todavía una solución clínica definitiva, aunque se han hecho grandes avances terapéuticos que facilitan dicho control.
De otro lado, el sida saca a la superficie una hiriente situación de subdesarrollo y postración de grandes colectividades, especialmente en África, ante cuyo espectáculo apenas se inmutan los países ricos, que realizan una cooperación al desarrollo meramente simbólica con tales regiones y que ni siquiera han avanzado en el análisis de la eficacia, muy dudosa, de tales acciones cooperativas.
La sociedad civil, agrupada en Organizaciones No Gubernamentales muy meritorias, no encuentra los recursos oficiales que le permitirían paliar la depauperación que, en estos entornos de subdesarrollo, conduce a la muerte. Por fortuna, hay cada vez más voces muy autorizadas que denuncian esta situación insostenible, que podría hacer estallar el concepto mismo de globalización. Últimamente, el llamado “grupo de los dragones”, formado por Hilde F. Johnson, la ministra de Desarrollo Internacional de Finlandia (uno de los pocos países que ya destinan a cooperación más del 0,7% del PIB) y por sus colegas británica, holandesa y alemana, está desempeñando un papel muy agresivo ante las instituciones financieras internacionales y las de la propia UE en demanda de más recursos para el desarrollo y, sobre todo, de más coordinación de las políticas de ayuda para conseguir más eficacia. Estas mujeres han participado a finales de junio en Oslo en una de las conferencias ABCDE (Annual Bank Conference on Development Economics) que organiza entre expertos el Banco Mundial, a la que han sido también invitados esta vez economistas heterodoxos y representantes de algunas ONGs. En este marco, el primer vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial ha entonado un mea culpa esperanzador.
La inquietud existe, azuzada por la saludable crítica, y ya se buscan fórmulas para una cooperación más eficaz que ataque a las verdaderas raíces de la pobreza. Pero faltan recursos, voluntad política y movilización social que permitan alentar con fundamento la esperanza de que el drama africano (y de otros países) puede tener solución, aunque sea a largo plazo. Ante este panorama, produce escalofríos constatar que la gran preocupación europea de estos días no consiste en cómo resolver la dramática situación del Sur sino en cómo impedir que quienes huyen de la tragedia puedan acceder a los países opulentos del Norte. Así no se construye ningún futuro.
Fuente: hoy 05/07/02