emigrantes; recuérdalo tú y recuérdalo a otros

MIGUEL ÁNGEL MELÓN JIMÉNEZ

Recordad la Historia. La nuestra, la de Extremadura, aparece repleta de emigrantes. No hay parte del mundo en la que no haya estado un extremeño. Preguntad en los pueblos, en las ciudades, en las sierras y en los llanos, y veréis que siempre la respuesta es la misma: la gente se iba, muy pocos regresaban, y algunos de los que lo hacían era para volverse a marchar.

Da lo mismo que hablemos de aquellos 'sansones' que conquistaron un imperio en el que no se ponía el sol pero cuyos pies eran de barro, que de los miles de hombres y mujeres anónimos que llevaron a cabo la colonización de los territorios descubiertos en un continente que traducía en esperanzas o quimeras las penalidades del quehacer cotidiano, tras abandonar una tierra que apenas ofrecía oportunidades. De la mayoría de ellos, nunca más se supo; otros, los menos, regresaron a sus asentamientos originarios convertidos en ricos indianos y buscando un reconocimiento social que se les había negado.

Más tarde, no hace tanto, las retinas de la infancia de quienes fuimos niños en los años sesenta del pasado siglo aparecen impregnadas de maletas de madera, paquetes atados con cuerdas, rostros plagados de lágrimas en despedidas infinitas y familias enteras separándose en estaciones a las que llegaban trenes cuyos silbidos, todavía hoy, retumban en los oídos de vuestros recuerdos.

Después, mientras esperabais el regreso, llenabais la ausencia escribiendo cartas a direcciones donde figuraban extrañas combinaciones de letras y entreteníais las largas veladas invernales con las tediosas escuchas radiofónicas de un programa -'De España, para los españoles' se llamaba- que pretendía trenzar lazos imposibles en una distancia convertida en eterna nostalgia.

Apenas habíais conseguido sobreponeros al tremendo impacto de inenarrables exilios y ya os tocaba despedir a vuestros hijos, que marchaban hacia los polos industriales creados por el franquismo. Y allí continúan la mayor parte de ellos, diluyendo en el asfalto lo poco que su memoria conserva de los lugares que partieron e incapaces de transmitir un sentimiento que recupere para sus descendientes -vuestros nietos- siquiera una pequeña porción de las que fueron sus raíces.

Todavía hoy, muchos de vosotros, temporeros en país ajeno, seguís cada año incorporándoos a los flujos migratorios que recorren el continente.

Ahora, cuando tiemblan los pilares sobre los que ha descansado Europa y se convulsionan algunas de las que creíamos sólidas estructuras democráticas que la soportan y habíamos convertido en faro de civilizaciones, no podemos permanecer callados y asistir como testigos impasibles ante cuanto ocurre con la emigración y sus consecuencias.

Nadie como nosotros lleva grabado en sus genes las marcas del desarraigo y, por eso, nadie tan sensible ante estos revendedores de viejas mercancías repintadas que ofrecen soluciones fáciles, ajenas al compromiso, para fenómenos cuya complejidad nos desborda, pero que en modo alguno son exclusivos de nuestro tiempo.

A finales del siglo XVIII, ante la extraordinaria proliferación de extranjeros que se daban cita en España y el elevado número de “mal entretenidos y vagamundos” que campaban a sus anchas, movido por el miedo al contagio de los ecos de La Marsellesa, Carlos IV, entre 1791 y 1808, promovió las denominadas Matrículas de extranjeros. Se pretendía con aquella medida realizar una especie de censo en el que constaran sus nombres y su procedencia, su estado civil, sus hijos, la religión, el oficio que desempeñaban y los pueblos donde vivían. Transcribo literalmente el juramento a que estaban obligados si querían tomar vecindad, por si alguna coincidencia encontrarais con situaciones a las que se ha aludido recientemente: “Los extranjeros que estén avecindados o quieran avecindarse deben ser católicos, y unos y otros han de hacer ante la respectiva Justicia el juramento en la forma siguiente: Que jura observar la religión católica, y guardar fidelidad a ella, y al rey nuestro señor, y quiere ser su vasallo, sujetándose a las leyes y prácticas de estos reinos, renunciando como renuncia a todo fuero de extranjería y a toda relación, unión y dependencia del país en que nació; y promete no usar de la protección de él, ni su embajador, ministro o cónsules; todo bajo las penas de galeras, presidio, o expulsión absoluta de estos reinos y confiscación de sus bienes, según la calidad de su persona y la contravención”.

Con quienes se declaraban transeúntes, la legislación era bastante más severa, sobre todo en lo concerniente al mundo del trabajo: “También deberá notificarse a los que se declaren transeúntes que no pueden ejercer las artes liberales, ni oficios mecánicos en estos mis reinos sin avecindarse; y por consecuencia, no pueden ser mercaderes de vara, ni vendedores por menor de cosa alguna, sastres, modistas, peluqueros, zapateros ni médicos, cirujanos, arquitectos, etc., a menos que preceda licencia o mandato expreso mío, comprendiéndose en esta prohibición la de ser criados y dependientes de vasallos y súbditos míos en estos dominios. A las personas de tales oficios y destinos se les darán quince días de término para salir de la corte, y dos meses para fuera de estos mis reinos, o habrán de renunciar en el mismo término de quince días el fuero de extranjería, avecindarse y hacer el juramento que va explicado con sujeción a las penas mencionadas”.

Pasado el tiempo de las conversiones masivas y forzosas, sin superarse los atávicos temores de antaño, las conciencias volvían a verse sacudidas por la necesidad de dar respuesta a las demandas de todo aquel que no encajaba en los modelos uniformadores pretendidos por los estados. Y la vetusta piel de toro, cercano el final de una época de esplendores efímeros, no pudo sustraerse a esa nueva oleada, ni tampoco entonces, fuera de la represión, encontró respuestas apropiadas para un reto que le obsesionaba y para el que sólo concibió mermados horizontes, olvidando que ella misma había sido el resultado del más extraordinario crisol de culturas de que se tiene noticia.

Refiero lo ocurrido con la confianza de que ninguno de nuestros actuales gobernantes, haciendo gala de una habitual miopía política, encuentre en el ejemplo ideas para su programa electoral. Así eran las cosas en tiempos de monarquías absolutas. Sus planteamientos y soluciones, por suerte para todos, ya son historia. Como lo será la emigración, en tanto que problema, cuando de una vez por todas deje de afrontarse con visiones tan estrechas como discutibles, la altura de miras se imponga sobre la mezquindad, y las frías estadísticas económicas cedan su puesto a los principios morales para intentar corregir los incontables y perniciosos excesos a que conduce el mercadeo de la subsistencia. Colonizar tiene un precio y, antes o después, la Europa que dominó el mundo y canalizó en su propio beneficio los recursos ajenos, habrá de asumir sus compromisos y satisfacer, ineludiblemente, las deudas contraídas fuera de su territorio.

Fuente: Tribuna - Hoy, 24/06/02.