situación de la población española

anuario el pais 2002

 JUAN ANTONIO FERNÁNDEZ CORDÓN
 Demógrafo

Nunca se había hablado tanto en España de demografía ni habían llegado a los periódicos las variaciones del número de nacimientos anuales o las previsiones de los grupos de edad. La evolución reciente y la situación actual de la población española son efectivamente dignas de atención.

En las dos últimas décadas, mientras en muchos países europeos la disminución de la fecundidad se había detenido, en España la natalidad caía en picado, hasta alcanzar, con 1,2 hijos por mujer, el nivel más bajo del mundo, cercano al de otros países del sur de la Unión Europea. Resulta paradójico que los países de tradición católica, con tasas de actividad femenina más bajas y en los que la familia se valora muy positivamente, tengan una natalidad bastante inferior a la de los otros países de la Unión Europea.

Se está produciendo un importante retraso de los nacimientos, consecuencia de la emancipación tardía de los jóvenes, que residen en el hogar paterno mucho más tiempo que sus coetáneos suecos, ingleses o franceses, y de la dificultad de las parejas jóvenes, en las que los dos trabajan fuera del hogar, para hacer compatible los hijos con su actividad profesional. En muchos otros países existen políticas que contribuyen a aligerar el coste, en tiempo y dinero, de los hijos, pero España no es sólo el país con menor fecundidad de la Unión Europea, sino también el que menos recursos dedica al apoyo a las familias.

El problema se complica por el desigual reparto de tareas en el hogar, que hace recaer la casi totalidad de la carga de los hijos en las madres. Para poder mantenerse en un mercado de trabajo, ciego a las circunstancias personales y familiares, algunas mujeres renuncian a tener hijos.

La escasa fecundidad en España es también inquietante por sus consecuencias, entre las que destaca la amenaza a largo plazo de un mayor envejecimiento de la población, que afectará, entre otros, a los sistemas de pensiones. En los últimos cinco años se han jubilado, sobre todo, las generaciones nacidas durante los años treinta (entre las menos numerosas de nuestra historia reciente), y se ha incorporado a la población activa un número importante de mujeres y de inmigrantes, lo que ha incidido favorablemente en el equilibrio del sistema de pensiones. En el futuro, llegarán a la jubilación generaciones más numerosas, nacidas entre 1954 y 1975, que además se benefician de un considerable alargamiento de la esperanza de vida. En aras del equilibrio, este aumento de la carga exigiría un incremento del empleo que, admitiendo que la economía lo permita, se verá obstaculizado por la escasez de jóvenes (ahora empiezan a llegar al mercado laboral los nacidos después de 1975) y por la previsible dificultad de incorporar más mujeres, si no se adoptan medidas que permitan compaginar la atención a la familia y el trabajo.

En 1999 y 2000, el número de nacimientos ha crecido en España, rompiendo así una larga evolución, iniciada en 1976. Entre las causas de este aumento, hay que señalar el mayor número de nacimientos de inmigrantes y el aumento de la fecundidad de las mujeres entre 30 y 40 años, que recuperan parcialmente retrasos anteriores. Para que este cambio de tendencia acabe acercándonos a los niveles de otros países europeos, es necesario que afecte al grupo joven, entre 20 y 30 años, cuya fecundidad ha seguido bajando. Las condiciones para que esto suceda en un futuro próximo son favorables, debido a que la escasez relativa de jóvenes hará que mejore su situación en el mercado de trabajo, y, si esto se acompaña de una mayor estabilidad laboral, se pueden producir efectos positivos sobre la formación de uniones y la natalidad.

Permanecen, sin embargo, otros obstáculos que explican que, según todas las encuestas, el número de hijos deseados sea superior al que efectivamente tienen las parejas españolas. A corto plazo, sería necesario facilitar el acceso a la primera vivienda y, a medio y largo plazo, resultará clave resolver el problema de la compatibilidad entre el ámbito doméstico y el profesional. Las familias deberán disponer de servicios adecuados a bajo coste y las empresas deberán tener en cuenta las circunstancias familiares de sus trabajadores, a lo que se prestarán con más facilidad en una situación de pleno empleo, con el fin de retener a un mayor número de trabajadores.

Otro importante cambio de estos tres últimos años ha sido el aumento del número de inmigrantes. El INE ha incluido en su reciente revisión de la proyección de la población española flujos de casi 200.000 entradas en 1999 y 360.000 en 2000, cuando la estimación para 1996 y 1997 era del orden de 60.000. Para los próximos 10 años, la media anual de entradas de inmigrantes extranjeros varía, según el escenario de proyección, entre 180.000 y 250.000. Estas cifras, por muy elevadas que parezcan, podrían ser asumidas por un mercado de trabajo amenazado a corto plazo por dificultades de contratación. Plantean, sin embargo, el enorme reto de la inserción social de tan amplios contingentes. Serán necesarios recursos adicionales y políticas diferentes a las actuales, y, sobre todo, la voluntad de abrirse a otras culturas, porque la simple asimilación no será un modelo válido para el futuro. El deseable objetivo de una reproducción demográfica sostenible a largo plazo puede alcanzarse mediante una mezcla de inmigración y de natalidad. Con la inmigración proyectada por el INE, el reemplazo generacional se consigue con 1,7 o 1,8 hijos por mujer, pero, dada la muy baja fecundidad actual, no es probable que estos niveles se alcancen espontáneamente.

Sin el apoyo de políticas adecuadas, que vayan más allá de simples declaraciones de buenas intenciones no apoyadas en recursos económicos, los desequilibrios estructurales de la población española se agravarán a medio y largo plazo, con el consiguiente impacto negativo en el mantenimiento de nuestra capacidad productiva y en la viabilidad de los sistemas de protección y aseguramiento, ya sean públicos o privados.