Aun cuando el proceso de globalización ha abierto muchas oportunidades para las empresas y los consumidores, sus beneficios no han llegado a toda la gente. De hecho, el mundo sigue confrontado a los problemas de la pobreza y las desigualdades.
Por lo que se refiere al empleo, el déficit global de trabajo decente era ya una dura realidad antes de los trágicos sucesos de septiembre de 2001. Según estadísticas oficiales, en los años noventa el desempleo mundial pasó de 100 a 160 millones de personas. Hoy, cerca de mil millones de mujeres y de hombres están ya sea desempleados o subempleados o son trabajadores pobres, y un 80 % de la población activa no tiene una protección social básica.
Si queremos preservar nuestras economías y sociedades abiertas, debemos promover un modelo de globalización basado en la equidad, que responda a las esperanzas y necesidades de la gente común. Independientemente de las culturas y los niveles de desarrollo, todos aspiramos a tener una oportunidad para prosperar en la vida y subvenir a las necesidades de nuestras familias apoyándonos en nuestros propios esfuerzos. Pero también reclamamos un cierto grado de protección cuando no podemos trabajar.
El actual modelo de globalización sigue siendo deficitario, por lo que se refiere a las urgentes necesidades de empleo y de trabajo decente, déficit que encierra un gran potencial de inestabilidad social.
La meta del trabajo decente, tal y como lo ha definido la OIT, es coherente con las esperanzas de la gente de obtener un trabajo productivo en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana. Este enfoque aborda simultáneamente los aspectos cuantitativos y cualitativos de la problemática del trabajo, al impulsar cuatro objetivos estratégicos: la promoción de los principios y derechos fundamentales en el trabajo; el fomento del empleo y la creación de empresas; la protección social y el diálogo social.
El respeto de los principios y derechos fundamentales estimula la participación, y es una condición previa para el desarrollo de un mercado laboral legitimado por el diálogo social y socialmente equitativo. La creación de empleo es esencial para elevar los niveles de vida y mejorar los ingresos. Por último, la protección social garantiza la obtención de ingresos y la seguridad del entorno laboral.
Según este enfoque, no podemos conformarnos con dar una prioridad exclusiva al empleo, y postergar para más tarde temas como los derechos y la protección de los trabajadores. De otro modo, estaríamos aplazando combates tan urgentes como la lucha contra el trabajo infantil, el trabajo forzoso y la discriminación laboral; o estaríamos olvidando que cada mes más de 3.000 personas mueren a causa de su trabajo o que la inmensa mayoría de las personas carecen de toda protección social.
Los derechos, fundamentales en el trabajo, son derechos humanos, y su ejercicio es también un factor de productividad y prosperidad. Al tiempo que reconoce las especificidades nacionales, el trabajo decente define metas universales, aplicables por igual a hombres y mujeres que ejercen una actividad laboral, ya sea en la economía formal o informal, e independientemente del nivel de desarrollo del país en que vivan.
La OIT ha estimado que en 2002 se perderán al menos 24 millones de puestos de trabajo; debemos movilizarnos para evitar que estas previsiones se materialicen. Primeramente, es esencial que los países del Sur tengan las mismas posibilidades que los países del Norte para superar la crisis. Muchos países industrializados han comenzado ya a poner en práctica medidas anticíclicas. El mundo en desarrollo, por su parte, necesita un apoyo que le permita aplicar políticas expansionistas en un marco de sólida gestión económica. Pero para todos es imperioso adoptar políticas económicas y sociales integradas, capaces de mantener el nivel más elevado posible de actividad económica, empleo y protección social. En segundo lugar, la comunidad internacional tiene que colocar el trabajo y el empleo en el centro de la formulación de políticas. Hay que reconocer nuevamente la correlación entre el trabajo y el empleo, por una parte, y la erradicación de la pobreza y la cohesión social, por otra.
Si queremos que la globalización responda a las esperanzas de la gente, debemos impulsar un sistema internacional que establezca un equilibrio entre los aspectos económicos y sociales de la integración a nivel global. La OIT ya ha comenzado a impulsar estas ideas. Hace poco, organizamos un Foro Global del Empleo, en el que cerca de setecientos participantes del mundo de la empresa, sindicatos, gobiernos, círculos académicos y la sociedad civil discutieron un marco de medidas propuestas para crear empleo y mitigar la pobreza. Asimismo, nuestro Grupo de Trabajo sobre la Dimensión Social de la Mundialización es un espacio abierto para el diálogo con las distintas partes interesadas en esta problemática. Por último, hemos decidido crear una Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización, que tendrá por cometido analizar y formular propuestas de política que garanticen una distribución más amplia de los beneficios potenciales de la integración global y una repartición más justa de sus costos.
La Organización Internacional del Trabajo se esfuerza por colaborar con un amplio espectro de interlocutores nacionales e internacionales en torno al objetivo de reducir el déficit de trabajo decente. Pero también es consciente de que sólo a través del consenso podrá forjarse una economía internacional regida por normas. El Programa de Trabajo Decente constituye una vía esencial para alcanzar dicho consenso.
Fuente: Anuario el pais 2002 -