El encuentro de diálogo y oración por la paz, que llevaba por título "Las fronteras de diálogo: religiones y civilizaciones en el nuevo siglo", finalizó en Barcelona el 4 de septiembre de 2001. Participaron líderes católicos, ortodoxos y protestantes, junto a altas personalidades hebreas (como el gran rabino Lau de Israel) y significativos exponentes musulmanes y de las religiones orientales. No faltaron los laicos, que, como Jean Daniel, director del Nouvel Observateur, tuvieron un papel destacado en las mesas redondas.
Del encuentro ha surgido un llamamiento al diálogo para una “civilización del convivir” en un mundo contemporáneo marcado por replegamientos de identidad, agresividades fundamentalistas y, paradójicamente, por un proceso de globalización que nos hace a todos más similares. El llamamiento al diálogo entre las religiones y las culturas proviene de hombres y mujeres fuertemente enraizados en su fe y en sus convicciones: en definitiva, no un sincretismo a la moda, sino un esfuerzo serio de encuentro y de comprensión que no evite diversidades y desacuerdos. Es un llamamiento que concierne a los grandes horizontes del mundo contemporáneo y no tanto, como alguien ha dicho o pensado de manera demasiado local, a los problemas internos españoles.
Pocos días después de este encuentro tan sentido, sucedió el 11 de septiembre. ¿Se han desmentido dramáticamente las esperanzas de Barcelona? El problema es serio y hace falta ponerse a ello. ¿El 11 de septiembre ha revelado un rostro agresivo del Islam? Sobre todo, ¿no ha manifestado que es ineludible un choque de civilizaciones y, por tanto, también de religiones?. Nadie podía prever lo que sucedió en Estados Unidos, pero el diálogo y los encuentros de estos últimos años muestran precisamente el clima tenso entre civilizaciones y religiones, de los conflictos y del desarrollo de movimientos agresivos y de identidad. El fundamentalismo, el islámico y el de otras religiones, no es un hecho nuevo. Es cierto: la opinión pública ha tardado en darse cuenta de la nuevas demandas de legitimación de identidad que se planteaban a las religiones. Cuando en 1986 Juan Pablo II invitó a Asís a los representantes de todas las religiones para rezar por la paz, el clima cultural era muy diferente. Entonces, mientras la URSS aún existía, parecía que las religiones eran un fenómeno residual en un mundo marcado profundamente por la secularización. En realidad, no era así desde hacía años y no lo habría sido después. Sobre todo con la crisis de las ideologías y con la emergencia prepotente de las identidades nacionales, muchas demandas se habrían dirigido a las religiones para que legitimaran o sacralizaran los diferentes sujetos, las fronteras y alimentasen pasiones en las que los pueblos se pudieran reconocer. Grupos sociales o pueblos, que se sentían humillados por la occidentalización del mundo, buscaban cobijo y orgullo en la religión. Es el caso de algunos sectores musulmanes. En el Este europeo el renacimiento de las naciones pedía al cristianismo una nueva legitimidad, como se aprecia –por ejemplo– en el caso de la ortodoxia. Los conflictos entre las naciones aparecían también como conflicto entre las religiones. En este clima es una simplificación dividirse en buenos que quieren el diálogo y en malos que creen que el diálogo es ingenuo o peligroso. No se pueden ignorar las dificultades en el diálogo, tampoco desde el punto de vista religioso. También hay problemas entre los cristianos, como entre los católicos y los ortodoxos en Rusia. Pero el diálogo también parece una necesidad. Es el diálogo entre los cristianos, es decir, el ecumenismo. Es el diálogo con las grandes religiones mundiales. Para nosotros los occidentales es importante, por una parte, el diálogo entre los creyentes y los laicos, que son una parte considerable de nuestro pensamiento. ¿Por qué hoy el diálogo parece importante? Ante todo vivimos juntos entre la gente de religión y de cultura diferentes. La convivencia no puede hacerse sin encuentro; si no, es peligrosa. Creo que el diálogo, incluso el sencillo de la calle, ayuda a madurar a la civilización del convivir. Además, el diálogo llama a los líderes religiosos de todos los países a una dimensión universal: en las fronteras de un horizonte nacional, bajo la presión de las pasiones de identidad y políticas, es fácil quedar atrapados en una visión estrecha y quizá conflictiva. El encuentro, al contrario, hace emerger el mensaje de paz que está dentro de las profundidades de las diferentes religiones, si bien de maneras diversas. Pero esto depende de los hombres y de las mujeres que creen y de la libertad de su espíritu. No todas las opciones de las religiones dependen hoy de sus teologías o de sus orígenes.
Ciertamente, el diálogo no sustituye a la política, sino que representa una necesidad en un mundo complejo como el nuestro. El diálogo necesita paciencia, pero sobre todo un clima de libertad. Expresa consideración por las comunidades que pueden sentirse humilladas por la historia; pero también manifiesta la fuerza de identidades convencidas que no temen ni la confrontación ni el encuentro. A menudo, el rechazo del diálogo viene de identidades agresivas, pero poco maduras desde un punto de vista espiritual y cultural.
Delante del difícil escenario del mundo contemporáneo, Juan Pablo II, el 24 de enero de 2001, ha invitado nuevamente a los líderes religiosos a la ciudad de San Francisco para rezar por la paz. El espíritu de Asís representa la respuesta madura a la experiencia de los pueblos, refleja que las religiones pueden ser un factor de paz y que, sobre todo, tiene que evitar la terrible tentación de motivar los conflictos. Indudablemente, en el siglo que ha empezado, el diálogo y el choque entre las religiones constituyen uno de los puntos más apasionantes de debate y un terreno en el que jugará en gran manera la calidad de convivir.
Fuente: Anuario el Pais 2002