Al cerrarse el siglo XX el escritor Luis Racionero publicaba 'El progreso decadente'. Su título parece una antítesis porque resultan encontrados los términos y no creemos posible, a un tiempo, progresar y decaer.
Sin embargo, creo que fue un hallazgo esa manera de expresar en titular un síntoma que, junto a otros, perfilan el retrato de nuestros días. Somos sin duda los occidentales muy avanzados tecnológicamente, pero ¿somos mejores? Para muchos se ha producido una decadencia de las buenas costumbres, un declive de la nobleza en las relaciones sociales y una pérdida de la responsabilidad colectiva para educar a las nuevas generaciones.
No hace muchas décadas en España, si un muchacho realizaba una travesura era censurado por los vecinos, con la posterior aprobación y gratitud de la familia por corregir la supuesta desviación. Hoy la sociedad se inhibe, los jóvenes son poco considerados con los mayores a los que faltan al respeto y desobedecen. Los educadores temen al alumno, lo que explica no sólo las jubilaciones anticipadas, sino también las bajas por enfermedad vinculadas al difícil ejercicio del oficio. ¿Y los padres?
Hace unos días unos muchachos de 13 años apedreaban el tejado de una casa en un barrio residencial de Badajoz. No pretendían matar pardales ni hacer puntería, sólo intentaban hacer daño. Son gentes de buenas familias, que se educan en colegio masculino y de pago, y con voluntariosos profesores. Pero, aun con estos ingredientes, una tarde la emprenden contra una casa para molestar a un compañero, porque la crueldad, que con frecuencia se ejercita en las aulas, no quiere cesar en vacaciones. Puestos a practicar la persecución, trasladan al domicilio particular aquello que vienen realizando durante el curso. ¿Hay que poner el caso en manos de la policía para que actúe el fiscal de menores? ¿Han de implicarse las familias afectadas aplicando un correctivo? ¿Hay que ignorar el asunto con la dejación-comodidad diciendo que eso son «cosas de niños»?
Es lo cierto que los educadores están hartos de luchar contra los mensajes antieducativos de los medios, y la crisis de valores morales padece orfandad, por no encontrar nuevos valores de repuesto para un tiempo nuevo. Pero... ¿y los padres?
La mayor responsabilidad está en la familia, que en no pocas ocasiones se encoge de hombros o le da la razón al hijo antes de oír a las partes. Les basta con depositarlos en colegios prestigiosos, charlar con el tutor muy de cuando en cuando y ofrecer premios al jovenzuelo si no realiza fechorías. La moto espera para el próximo curso, porque ya tiene todo tipo de aparatejos electrónicos, consolas y mandangas para no aburrirse y para que en casa no moleste.
Si no se corrige en serio a los jóvenes, si no se actúa con ejemplaridad y acierto, la primera piedra arrojada sobre una propiedad privada con el ánimo supremo de causar daño, no será sino el primer paso de mayores fechorías. Si consentimos que nuestro nuevo mundo sea una selva con semáforos, donde todo vale y no ponemos los medios para corregir los excesos, estamos judicializando la vida social y cargando en la espalda de los jueces, de los policías y del presupuesto, la cachaza holgazana de padres que se encogen de hombros porque, al final, lo único que creen que tienen que pagar son los trastos rotos. Pero hay un pago más a largo plazo que deviene del consentimiento, de la inhibición, de pensar que no llegará la sangre al río. Y, a veces, llega, aunque el río esté lejos.
Fuente: Artículos Hoy 13/07/02