Eustaquio Sánchez Salor - Catedrático de la Universidad de Extremadura.
El autor establece las diferencias que hay entre los valores, basados siempre en las relaciones sociales y morales entre los hombres, y lo políticamente correcto, tan en boga hoy, con frecuencia cambiante en función de la situación
Los valores no siempre coinciden con lo políticamente correcto. Y es que los valores se basan en las relaciones morales y sociales entre los hombres, que no cambian mucho, y lo políticamente correcto se basa en lo conveniente, que cambia con frecuencia en función de la situación.
Y hablo de «conveniente» en el sentido que el término tenía en la retórica clásica; decía Cicerón en El Orador que el fundamento de todas las cosas es la sabiduría, que consiste en saber en cada momento lo que hay que hacer o decir; y eso que hay que hacer o decir en cada momento es lo conveniente; si lo desconocemos, erraremos muchas veces, no sólo a la hora de escribir o hablar, sino también en la vida. Lo conveniente es, pues, lo que hay que hacer en cada momento o circunstancia.
Perelmann, un teórico moderno de la teoría de la argumentación, ha definido con toda claridad lo que son los valores. Se trata de conceptos en torno a los cuales hay un consenso más o menos general de todo un grupo. A los distintos valores se adhieren grupos diferentes. La libertad es un valor; y a ella se adhiere un grupo amplio; pero las dictaduras no se adhieren a este valor; para los dictadores la libertad no es un valor. Al valor «ciudad» o «nacionalidad» se adhieren unos y lo ponen por encima del valor «individuo», otros prefieren el valor «ciudadano» al que ponen por delante de la «ciudad» o «nacionalidad». La propiedad es otro valor, al que se adhieren algunos regímenes y no se han adherido otros. La igualdad es otro valor.
En el debate de la vida, ningún valor debe ser radicalmente rechazado o descalificado. Cuando alguien no participe de un valor, que no lo defienda y basta. Pero no debe descalificarlo radicalmente, aunque «la conveniencia» puede llevar a defenderlo. No se debe, en efecto, descalificar a priori el valor del que no participamos; pero de hecho se llega a defender un valor, aun no participando de él, en función de la conveniencia. Las descalificaciones radicales de un valor no son un argumento; son más bien falta de argumentos. A veces, un valor se puede oponer a otro o, al menos, entrar en conflicto con otro; el valor de la propiedad entra en conflicto frecuentemente con el valor de la igualdad; el de la justicia con el de la caridad o generosidad; y así otros muchos. En estos casos, nunca puede ser la solución la negación o el rechazo radical o visceral de uno de los valores; lo mejor es la jerarquización; se puede preferir una paz general a una guerra justa, como hace Erasmo, pero no se puede negar la validez de esta última, ya el concepto o valor de «guerra justa» es la típica solución a la hora de hacer positivo un valor que, por sí, es negativo; se puede preferir la lealtad a un amigo a la verdad, pero no se puede negar ésta.
Las descalificaciones, pues, radicales, no son argumento. Y la defensa de un valor del que no se participa, sólo por la conveniencia del momento, tampoco es un argumento sólido; es algo inútil, pero no necesariamente honesto; lo útil y lo honesto no siempre coinciden; es más, muchas veces no coinciden.
Pues bien, en lo conveniente y en lo útil se basa con frecuencia lo políticamente correcto. Por eso es con frecuencia políticamente correcto defender un valor, del que no participa el que lo defiende, sólo porque la situación, el auditorio, o cualquier otra circunstancia política, hace conveniente defenderlo. Salir a la defensa y al amparo de ciertas costumbres, costumbres que no son un valor para la mayoría, sino que lo son sólo para una minoría, es políticamente correcto; salir a esa defensa y amparo a toda rapidez es angustiosa conveniencia política; y salir a esa defensa y amparo sin que te llamen es oportunismo político. E, insisto, no se trata de rechazar y descalificar ese valor; el rechazo no es tampoco un argumento; y si no es argumento, no es sostenible. Pero la defensa interesada de costumbres o ideas que son valores de muy pocos, de los cuales no participa el que los defiende, es a veces conveniente desde un punto de vista político. Y lo malo de todo esto es que va a terminar por ser políticamente correcto no participar de ningún valor estable -al menos no confesarlo-, sino participar en cada momento del valor que conviene en ese momento; y es que ya a muchos les da un miedo inconfesable confesar ciertos valores estables; «a mí no me da vergüenza -decía Cicerón- confesar que he dedicado toda mi vida a las letras»; y si Cicerón decía esto, era sin duda porque había algunos a los que les daba vergüenza confesar que se habían dedicado a un valor como el de las letras.
El predominio de lo conveniente va a terminar por imponer la idea de que ganar algunos votos en el mayor número posible de bolsas diferentes y con diferentes e incluso contradictorios valores es mejor que ganar todos los votos de una sola bolsa; para lo primero, se defienden, según el momento, los valores de los individuos de cada una de las bolsas diferentes; para lo segundo, se defienden siempre los valores de los individuos de la única bolsa de la que se quiere sacar votos. Pero eso último no parece que sea ya políticamente correcto ni rentable.
Fuente: Hoy, 28/11/02. TRIBUNA EXTREMEÑA.