En los años 50, Extremadura alcanzó el millón y medio de habitantes, la mayor población de su historia. Era una sociedad rural donde miles de campesinos, enraizados en un país de latifundios, no tenían posibilidades de vivir dignamente. Los planes de regadío consiguieron aliviar un poco la situación, pero la única salida efectiva para sobrevivir fue la emigración. Aquel éxodo, uno de los mayores movimientos migratorios de la historia, alejó de Extremadura a 850.000 personas, más de la mitad de su población. Los pueblos quedaron diezmados y quienes se quedaron tuvieron que sobrevivir con los jornales que la recogida de la aceituna, la uva, el higo o la almendra deparaban en determinadas épocas del año.
Eran tiempos en los que la calidad de vida se medía en dinero y no en tiempo, en que el desarrollo sostenido y los intangibles (seguridad, naturaleza, tranquilidad, relaciones humanas) no valían para nada si a cambio, los niños tenían que caminar descalzos y el tocino era una base alimenticia fundamental. A pesar de la sangría demográfica, la población se recuperó porque quienes se quedaron lograron un índice de nacimientos bastante elevado y las esperanzas de vida aumentaban.
Al alborear los años 80, la sangría migratoria parecía ya contenida y en ello influía la implantación de un subsidio agrario que permitía trabajar temporalmente en las labores recolectoras del campo y no sumirse en la indigencia el resto del año. Aquel subsidio, entonces llamado PER y ahora denominado Aepsa, consiguió que los pueblos extremeños dejaran de perder población, mejoró la calidad de vida de sus habitantes y cambió la dinámica rural de Extremadura. A ello se unió la apuesta política por la que la historia recordará los gobiernos de Rodríguez Ibarra: la mejora de la calidad de vida rural.
Se modernizaron las comunicaciones interiores, se dotó de servicios a las comarcas y se apoyaron las iniciativas empresariales rurales. Coincidió esta política con la llegada de subvenciones europeas y con una evolución social que revalorizaba hasta extremos inauditos los llamados intangibles: la naturaleza, el ecosistema, la tranquilidad, las tradiciones... La conjunción de estos factores ha propiciado una revolución rural a la que ha puesto su granito de arena la universidad con trabajos de investigación y proyectos científicos que orientan con rigor las medidas de futuro.
Hoy, la realidad rural extremeña es ejemplar en Europa y para cerciorarse de ello, basta visitar los pueblos y las comarcas rurales de Salamanca, Huesca, Ourense, el Pirineo francés o el noreste de Alemania. La situación no es perfecta porque falta desarrollo empresarial y porque los jóvenes estudiantes universitarios de los pueblos no tienen posibilidades de regresar a ellos a trabajar. Además, una de las raíces del desarrollo rural de Extremadura corre peligro.
El subsidio agrario está siendo cuestionado por culpa de los casos esporádicos y previsibles de fraude. Los 'urbanitas' de Madrid, Cáceres o Badajoz estiman con simpleza que el subsidio anestesia y adormece la iniciativa, pero varios economistas y sociólogos de la Uex argumentan con datos científicos que el PER mantiene a la población rural en su medio, facilita la supervivencia en un medio hostil y ha evitado una nueva ola de emigración. Persigamos el fraude, sí, pero no permitamos que cuatro políticos alejados de la realidad frenen la revolución rural extremeña.
Fuente: el Periódico, 03/05/02. Opinión. LUSITANIA EXPRES -