SUMA Y SIGUE DEL 'BOTELLON'

A PONIENTE: Álvaro Valverde

El hecho de que el presidente de la Junta dedicara monográficamente al tema del 'botellón' el discurso institucional del Día de Extremadura despejaba cualquier duda acerca de la envergadura que para la sociedad extremeña tenía, tiene y tendrá tan controvertido como peliagudo asunto. Uno ha tenido ocasión de reflexionar en voz alta varias veces sobre el mismo. Cuando digo en voz alta no me refiero sólo a las ocasiones que lo he tenido que hacer por escrito en los periódicos (tres veces distintas, por cierto, en tres medios diferentes) sino también a las que de viva voz he tenido que defender en público mis opiniones al respecto, concretamente en una asamblea de la asociación de padres del colegio de mi hijo, afectado directamente y hasta que mi alcalde lo consienta, por el singular fenómeno. En dicha reunión, además de los impotentes directivos de la asociación, los desolados maestros del equipo directivo del centro y los cabreados progenitores, se encontraba presente el edil de Juventud a quien no le dolieron prendas reconocerse 'botellonero' de pro. Que conste que defendí entonces y he defendido siempre que el problema no es cambiarlo de sitio (por más que al lado de un colegio nunca deba estar), preocupación esencial de los politiquillos de turno, cuanto acabar definitivamente con él. ¿Por qué? Antes que nada, por razones de salud pública, tanto de los que lo beben, menores o no, como de los que lo sufren. Después por muchas razones más. Ni siquiera le veo esa ventaja que algunos aducen acerca de las bondades comunicativas que genera porque, para empezar, la gente ebria (digámoslo claro: la mayoría va allí a emborracharse) difícilmente dialoga, y menos con música ambiente a todo volumen. Ah, no hablo de oídas. Ya dije que vengo sufriendo, con distinta intensidad, desde hace años, una de estas democráticas reuniones a la puerta de casa. 

Reconozco, como el presidente, que el problema me afecta especialmente porque también yo tengo una hija a punto de ingresar, si nada lo remedia, en tan selecto club. Lo doy por hecho. La razón es sencilla: es sociable y aquí, o se va al 'botellón' o no se va a ninguna parte. Sí, tan exclusivo se ha vuelto el invento. Con todo, no nos engañemos. Lo peligroso de la cuestión es lo que anuncia como síntoma. Detrás del vocerío, del consumo de drogas (sobre todo de alcohol) y del resto de lindezas que proclama, uno intuye una peña de muchachos y muchachas mayormente desesperados, que sin apenas criterio, ineducados en valores (esto sí que es grave, padres y educadores), se lanzan a la noche como si a un precipicio se tiraran. No son necesariamente jóvenes marginales, ni proceden de barrios conflictivos, ni siquiera están fuera del sistema educativo. Son también universitarios, por ejemplo, como los placentinos que coreaban al unísono '¡más discotecas y menos bibliotecas!' ante la estupefacción de quienes, desvelados por el griterío, veían malbaratada su lucha de años por una sociedad mejor.

Puede que el fenómeno no nos afecte sólo a nosotros, ya sabemos que no, ni que dependa sólo de una administración, que tampoco (lo municipal se mezcla con lo autonómico y lo judicial con lo político). Lo importante es que se dé al hecho la absoluta prioridad que requiere y que todos empecemos a aportar las ideas necesarias para que se reconduzca o desaparezca. A nadie se le oculta la trascendencia del tema a la hora de desvelar las incógnitas de nuestro futuro electoral. Eso sí, lo que exigimos no son jugadas para ganar votos sino soluciones a corto plazo.

Fuente: El periódico Extremadura, 16/12/01.