| Opinión
EL MIRADOR.
CARMEN HERAS
Resulta difícil hablar del 'botellón'. Sobre todo porque los que 'lo hacen' apenas se pronuncian sobre él en voz alta. Van y lo disfrutan, así que se supone que están a favor. En el extremo opuesto los sufridores del mismo, los que, sin desearlo, viven sus aspectos menos agradables cada fin de semana, están radicalmente en contra. Por último, para la mayoría es un fenómeno enjuiciable de una forma u otra, según las coordenadas que tomamos como referencia por edad, situación vital, trabajo, intereses, votos o responsabilidades públicas o privadas. Lo primero que viene a la mente cuando se piensa en el 'botellón' es la hipocresía de esta sociedad, que dice y hace cosas distintas. Igualitaria como pregona ser, no debiera extrañarse de que los chicos/as operen al modo de los mayores que jalonan cualquier actividad de ocio, en buen estilo gregario, alrededor de unas copas. Atrapados como están en ese falso modelo progre que todo lo nivela, ¿cómo explicar a los chicos que los 'carrozas', por serlo, tienen un plus para ciertos asuntos? Si las cosas fueran en blanco y negro y este artículo se escribiera en clave dogmática, la moraleja sería fácil: una sociedad a la que no gusta su reflejo ha de cambiar las costumbres o armarse de paciencia esperando que la moda odiosa, como todas las modas, pase. ¡Abajo los lloriqueos impotentes que a nada conducen! Y en el mismo tono radical dígase que incluso con estas costumbres hay respuestas a los problemas del 'botellón'. Aparecen dando un repaso a las características del rol de cada uno de sus intérpretes: chicos/as, padres, vendedores, inspectores, agentes locales, administración, medios de comunicación. Porque aun contando con la falsa debilidad hipotética de los menores existen los padres, responsables de enseñar unas reglas mínimas de autocontrol y convivencia a sus hijos y supervisar que se cumplan. Si la norma se transgrede y el árbol se inclina alguien debe verlo, hacerlo notar y enderezarlo. Y están ahí los policías locales, cuyo trabajo es el cuidado de la seguridad ciudadana en lugares y servicios públicos. En el sueldo les entra encontrarse en los sitios en el momento debido, disuadir y evitar conductas incívicas. Sin diluirse detrás de otros o la carestía de recursos. Y existen los que venden alcohol, algunos de los cuales podrían evitar, si no todas, algunas de las ventas. Y está la Administración, que seguro que algo más puede hacer en labores de inspección y seguimiento en situaciones contrarias a las normas. E importa la postura de los medios, que alguna cautela pueden incluir en sus programas respecto a la publicidad de bebidas alcohólicas. Si este artículo estuviera escrito en lenguaje simplista concluiría diciendo que el problema del 'botellón' radica en muchas pequeñas (o grandes) faltas de responsabilidad ofrecidas por los sectores implicados en él. El resultado de empujar todos cuantos protestan en idéntico sentido se desconoce. Y los chicos, ¿qué opinan? Fuente: Artículo publicado en el Periódico de Extremadura, el 26 de Septiembre de 2001. |