La Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible que se inaugura mañana en Johanesburgo (Suráfrica) es una cita histórica por sus objetivos -afrontar la pobreza en el mundo mediante un equilibrio entre desarrollo y protección del medio ambiente- y aparatosa por su dimensión: 50.000 asistentes entre delegaciones de 180 países, ONG, equipos de expertos y otras organizaciones.
Con esas características son lógicas las expectativas levantadas, semejantes a las de la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro hace diez años, de la que ésta es continuación. Se trata de una convocatoria en torno al gran desafío que se plantea la Humanidad de lograr un crecimiento económico que reduzca las desigualdades sin destruir el medio ambiente, centrándose en cinco aspectos del desarrollo sostenible: agua, energía, salud, agricultura y biodiversidad.
A la vista del incumplimiento de los acuerdos alcanzados en Río en 1992, de las incertidumbres sobre la materialización del Protocolo de Kioto respecto al cambio climático y de las diferencias manifestadas en otros foros mundiales sobre ayuda al desarrollo o acceso a los mercados, los ambiciosos objetivos de esta cita de Johanesburgo parecen condenados a convertirse en un catálogo de buenos propósitos a no ser que las delegaciones coincidan en un serio rearme político.
Esos precedentes son los que llevan a voces autorizadas, sobre todo de estadistas europeos, a advertir que no podemos permitirnos que la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible sea un fracaso. Para evitarlo, en vísperas de este acontecimiento se ha desplegado una panoplia de diagnósticos en torno a los males y amenazas sobre el planeta, pero aún nadie ha tenido la habilidad de proponer un tratamiento eficaz y con aceptación general.
La anunciada ausencia del presidente norteamericano George Bush cuya sensibilidad medioambiental cada vez está mas en cuestión, hace presagiar que los representantes del gran gigante de la economía y la industria mundiales no llevará a la capital sudafricana una predisposición a empujar en la dirección deseable.
Partiendo de que las promesas retóricas no siempre se corresponden con la solidaridad real en políticas de ayuda al desarrollo, tal como viene denunciando desde hace años Naciones Unidas, las medidas que se contemplan en asambleas de este tipo han de superar la contradicción de imponer normas uniformes sobre biodiversidad en un mundo desigual, donde tres cuartas partes de la población tiene como prioridad la mera supervivencia.
De Johanesburgo deberíamos esperar algo más que declaraciones retóricas o formulaciones imaginativas. A estas alturas de la globalización, con un factor de inseguridad mundial que no existía cuando se celebró la Cumbre de Río de Janeiro, y comprobado que a todos nos involucra cualquier conflicto del planeta, siendo la pobreza el más agudo, la cita de este lunes de agosto conquistaría un lugar en la Historia si abriera el camino a un sincero compromiso internacional para el desarrollo en todos sus órdenes.