|
OPINIÓN.
Fernando
García-Romanillos,
18/07/2001. Unas reuniones, importantes, pero plúmbeas y confusas, como las del Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional u Organización Mundial de Comercio, ganan espectacularidad gracias a los grupos antiglobalizadores que van persiguiendo a los poderosos del planeta allí donde se juntan. El clima de seguridad ante esas convocatorias, desde la de Seattle en 1999, alcanza el paroxismo como ocurre ante la cita del día 20, en Génova, del selecto G-8: los jefes de estado y de gobierno de los siete países más industrializados, a los que se añade Rusia. Alambradas, muros metálicos en torno al edificio de las reuniones, misiles tierra-aire en el aeropuerto, escaparates blindados, un transatlántico para alojar a los invitados... Berlusconi ha movilizado policía y ejército por tierra, mar y aire como si Génova estuviera amenazada por un ejército invasor. El disparate es de tal calibre que, de perpetuarse ese tipo de medidas, convertirán el movimiento antiglobalización en lo que no es, favoreciendo a los violentos y neonazis que se arriman a las protestas para reventarlas con su bronca particular. O quizás sea eso lo que buscan algunos gobiernos. Ojalá me equivoque, pero alguien está buscando una gran catástrofe que hunda el espíritu de esas manifestaciones. Los antiglobalizadores, también conocidos como Red Mundial de Descontentos, no son unos imberbes ni tienen nada que ver con los gilipollas de la kale borroca. Se trata de radicales, en el genuino y honorable sentido del término, que están en su derecho de rebelarse contra el estado de cosas que favorece el capitalismo globalizador. Serán más o menos ingenuos, podrán equivocarse en las vías para corregir la actual globalización económica, pero tienen el mérito de ser la primera voz de alarma mundial contra un fenómeno que consagra las desigualdades. Y hay que reconocerles también el derecho a ridiculizar una pandilla con individuos como Bush, Putin o Berlusconi. Las manifestaciones antiglobalización congregan menos gente que una gira de Ricky Martin o un Mundial de fútbol, pero eso es motivo de menosprecio para mentes obtusas como las que en los 60 subestimaban los movimientos pacifistas o antisistema, que ahora tantos evocan. Sólo el ignorante desconoce la capacidad de una minoría. No sé si la Red de Descontentos es la vanguardia para un cambio futuro, una fiebre que se pasa con la edad o un mero fenómeno mediático, pero con todos los ardores e idealismos que se quiera, al menos señalan la diana. Otra cosa es que tengan puntería. Quienes sí están errando el tiro son esos gobernantes, como Aznar o Berlusconi, que insinúan oscuras conspiraciones detrás de la antiglobalización, o algunos comentaristas, como Campmany, que califica ese movimiento de “ejército terrorista (...) armados de cuchillos, bates de béisbol, barras de hierro, bombas, caretas antigás, guantes de clavos...”, permitiéndose augurar algún muerto en Génova porque “alguien con cabeza y dinero anda detrás de estos motines”. ¿Dónde habré leído yo algo semejante hace treinta años? Los antiglobalizadores corren el riesgo físico de las porras de los antidisturbios, pero un riesgo moral superior: quedarse en la imagen destructora que dibujan las fuerzas reaccionarias. Fuente: terra, 25/07/01. |