Inmigración e integración cultural. problema de identidades.

PALOMA SÁNCHEZ MIGUÉLEZ.

 Sin alejarnos demasiado en el tiempo, los conflictos derivados de los flujos migratorios localizados en puntos concretos de nuestra geografía y que en principio y aparentemente parecían tener escasa relevancia, han ido poco a poco tomando vigencia a través de la multiplicidad de referencias que periódicamente nos llegan a través de los medios de comunicación y suscitando un interés generalizado no exento de polémica.

Las sociedades occidentales, refugio alternativo de quienes no encuentran en sus lugares de origen las condiciones indispensables para la subsistencia, está recibiendo una masiva afluencia de inmigrantes cada vez más notoria y en continua progresión, suscitando la preocupación de los gobernantes y llegando incluso a provocar la alarma social.

Las políticas migratorias generales proyectan sus modelos de intervención en torno a tres ejes: la cooperación al desarrollo, el control de fronteras y la integración. Sin embargo la puesta en práctica de estas medidas deja mucho que desear: la financiación económica para hacer efectivo el primer punto es irrisoria, el control de fronteras ineficaz y la integración descontextualizada; entretanto el problema va tomando dimensiones considerables sin que parezca sencilla su resolución.

Refiriéndonos al tercer punto, el de la integración, los conflictos planteados ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos para asumir la transformación social que se está gestando, cuya complejidad requiere una adecuada planificación de las políticas de integración

Sin embargo, y he aquí la dificultad, no existe una única forma de normalizar y equilibrar los intercambios culturales, porque las reglas que rigen en cada cultura son diferentes. Ningún contexto social es absolutamente homogéneo y aún dentro de una misma sociedad sabemos que existen subgrupos con identificaciones muy particulares.

Por otra parte resulta imprescindible considerar si las sociedades que se encuentran tienen la voluntad de realizar ese intercambio, porque si una de las partes no lo desea, cualquier fórmula que se aplique puede resultar inoperante.

La adopción de estrategias adaptativas es necesaria tanto por parte de los que llegan como de los ciudadanos que los acogen y exige modificaciones no sólo en las formas de vida, en las manifestaciones culturales más cotidianas, sino también en los patrones simbólicos, en las ideologías y en las identidades. Y he aquí uno de los aspectos más conflictivos en el que queremos insistir. Las identidades, las numerosas identidades que coexisten y a la vez se complementan, (identidad de género, laboral, regional, religiosa, etc.) no solo se manifiestan a través de características biológicas o socioculturales, sino que suponen además una forma de pensamiento asociada al conjunto de valores que resultan prioritarios para la sociedad de procedencia, aquella en la que las personas han llevado a cabo su socialización. En las identidades existen ciertos componentes no visibles que sólo el interesado percibe, algo inquebrantable y dotado de una dimensión simbólica. Estos elementos difíciles de explicar y de expresar son, sin embargo, los que hacen que el individuo se reconozca a sí mismo como diferente y a la vez los que pueden favorecer posiciones de distanciamiento y etnocentrismo. En el momento de establecer relaciones con los demás, esos componentes de la identidad son los que predominan con más fuerza y los que justifican y legitiman los comportamientos.

Pero las identidades no son algo obligatorio ni inalterable, sino que se construyen y se transforman según las ideologías y las culturas. Sin embargo, en ciertas culturas, alguno de los rasgos de la identidad como es la religión, constituye uno de los sistemas de valores más afianzados y por ello más difíciles de transformar. Una lengua puede aprenderse y se adquiere así una nueva identidad lingüística, ciertos hábitos y costumbres pueden modificarse sin excesiva dificultad, pero los aspectos religiosos, por su carácter de instrumentos articuladores de toda la existencia humana y referentes utilizados, como expresamos anteriormente, para guiar y justificar las conductas, presentan más dificultades para que se produzca el cambio.

Y precisamente en nuestro entorno, los movimientos migratorios que están teniendo lugar proceden en una gran parte de países musulmanes, añadiendo así a las dificultades de la adaptación cultural la de una identidad religiosa guiada en este caso por la Ley Coránica, cuyos contenidos son las reglas que rigen toda la vida islámica. En el texto del Corán, que no hace separación entre los aspectos civiles y religiosos, se expresan las doctrinas que los musulmanes deben practicar fielmente; la propia palabra Islam significa sumisión. Sin embargo el Corán, al igual que ocurre con la Biblia católica o cualquier otro tratado religioso, se presta a ser interpretado, y algunas de estas interpretaciones pueden conducir a la imposición de prácticas que nuestra civilización considera incompatibles con el respeto de unos derechos humanos que la Ley Coránica no reconoce. Este tipo de interpretaciones, aunque no sean realmente representativas de todo el Islam, conducen sin embargo al conflicto cuando se produce una situación derivada de las mismas en el seno de una sociedad liberal como la nuestra, uno de cuyos fundamentos es el reconocimiento igualitario de los derechos de hombres y mujeres.

Así pues el problema que tenemos que afrontar es evidentemente muy complejo. Por una parte aceptamos al que llega porque nuestros bajos índices de natalidad requieren un reemplazo de población joven para sostener nuestra vejez. Ellos nos están dando una prestación; nosotros a cambio debemos aceptar su integración en nuestra sociedad y a la vez respetar sus costumbres siendo tolerantes con sus peculiaridades. Sin embargo no podemos olvidar que estamos hablando de un “intercambio cultural” en el que se pretende la igualdad y para ello se requiere la colaboración de ambas partes; debemos entonces exigir reciprocidad.

Nosotros mismos nos movemos dentro de unos límites, nos regimos por unas reglas establecidas y respetamos unos derechos y valores cuyo reconocimiento ha sido costoso de conseguir y no podemos por ello bajo una utópica solidaridad y el temor de ser tachados de intolerantes abrir las puertas a la configuración de una sociedad multicultural en la que los diferentes grupos sean cerrados e independientes. Si lo que pretendemos es una sociedad plural configurada por las diferentes realidades culturales, respetando los particularismos y fuera de cualquier tipo de uniformidad, debemos establecer las bases necesarias para poder compartir en armonía un espacio cultural. Para ello es preciso conocer los entramados de la cultura de los pueblos visitantes, así como la perspectiva del propio inmigrante, sin la cual no se llegaría a una percepción verdaderamente objetiva de estas cuestiones.

Sabemos sin embargo que estas primeras generaciones de desplazados van a resultar más reacias a cualquier modificación de sus costumbres. No podemos entonces pretender forzar los ritmos naturales, el proceso ha de ser gradual, y a medida que progrese se irán facilitando las interrelaciones culturales. Las generaciones que nazcan ya en el seno de la cultura común tendrán establecido el camino para una adecuada integración. Por nuestra parte ocurrirá algo semejante, y lo que ahora nos resulta ajeno pasará a suponer un enriquecimiento y un paso más para el afianzamiento de la sociedad plural que pretendemos. Todo ello, claro está, fuera de cualquier pretensión de asimilación por nuestra parte o de constitución de redes étnicas cerradas por parte de quienes ahora tratan de incorporarse a nuestra ciudadanía.

Fuente: Hoy 13/07/02