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Opinión /
Editoriales
Tras el seísmo de Le Pen, el asesinato en plena campaña electoral del líder ultraderechista holandés, Pim Fortuyn, sacude la buena conciencia europea. Recuerda que la xenofobia, la inseguridad y el recurso de la violencia alteran los parámetros que existían hasta ahora en la vida política. El golpe se ha producido en el país más inesperado. La tolerante y próspera Holanda parecía inmune a lo que es evidente que socava muy a fondo a democracias tan consolidadas como Francia, Dinamarca, Bélgica, Austria e Italia. El debate sobre el multiculturalismo y la xenofobia causa estragos en la Europa dominada aún por los Estados-nación y la tradición de asimilar inmigrantes. El talento de Pim Fortuyn, menos retrógrado que Le Pen, había calado en un país moderado y acogedor. Su asesinato es una advertencia de cómo los extremistas de toda laya aprovechan que Europa no es una sociedad con obsesión policial. Pero la situación revela también el agotamiento ideológico de las dos grandes fuerzas que pilotaron la construcción europea, la socialdemocracia y la democracia cristiana, ahora incapaces de ofrecer una ilusión a quienes se sienten amenazados, inseguros y proclives a la obsesión identitaria. Fuente: el Periódico Extremadura, 08/05/02. |